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HOMILÍA+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA, IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ISIDRO LABRADOR SAYULA DE ALEMÁN, VERACRUZ.

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ISIDRO LABRADOR

SAYULA DE ALEMÁN, VERACRUZ

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA


CONFIRMACIONES

16 DE AGOSTO DE 2026

12 I.M. Y 4 P.M.


HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. Del Libro del profeta Isaías 56, 1. 6-7: Conduciré a los extranjeros a mi monte santo.

Salmo Responsorial. Del Salmo 66: Que te alaben, Señor, todos los pueblos.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32: Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Mt 4, 23: Jesús predicaba el Evangelio del Reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28: Mujer, ¡qué grande es tu fe!


Pbro. Felipe Masaba Osto, Párroco de la Parroquia de San Isidro Labrador:


Catequistas que se han esforzado por darles un adecuada y conveniente preparación a estos niños, niñas, adolescentes y jóvenes para recibir el Sacramento de la Confirmación:


Padres y Madres de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que van a participar del Sacramento de la Confirmación:


Padrinos y Madrinas que se comprometen a cuidar la fe de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que van a participar del Sacramento de la Confirmación:


Queridos hermanos y queridas hermanas:


Hay una tentación muy sutil en las personas religiosas: creer que, porque conocemos a Dios, también conocemos perfectamente hasta dónde puede llegar Dios. Y la Palabra de hoy Domingo XX del TO CA viene precisamente a romper nuestras fronteras.


El profeta Isaías (56, 1. 6-7) anuncia algo extraordinario: “A los extranjeros los traeré a mi monte santo”. Para Israel, que luchaba por conservar su identidad religiosa, aquello resultaba desafiante. Dios estaba diciendo: mi casa será casa de oración para todos los pueblos. La elección de Israel no significaba exclusión de los demás; significaba una misión al servicio de todos.


Por eso el Salmo 66 no es simplemente un canto bonito entre las lecturas. Es la respuesta espiritual al profeta Isaías: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Fijémonos todos: El salmista sueña con una humanidad donde ninguna nación, cultura o condición humana quede fuera de la bendición de Dios.


Y el Apóstol San Pablo profundiza esta verdad en su Carta a los Romanos (Rom 11, 13-15. 29-32). San Pablo estaba sufriendo porque muchos de sus hermanos de Israel no han acogido a Cristo. Pero no cae en el desprecio ni afirma que Dios los haya abandonado. Todo lo contrario: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. Dios no juega con sus promesas. Nuestra infidelidad no convierte a Dios en infiel.


Entonces llegamos al Evangelio según San Mateo (Mt 15, 21-28) y aparece una mujer cananea. Una mujer extranjera y pagana. Humanamente, tenía todas las puertas cerradas. Pero llevaba consigo algo que ninguna frontera podía detener: el dolor de una madre y una fe obstinada.


Al suplicarle a Jesús: “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús guarda silencio. ¡Qué escena tan desconcertante! Porque también nosotros conocemos el silencio de Dios. ¿Quién no ha rezado alguna vez sin recibir la respuesta esperada? ¿Quién no ha pedido por un hijo, por un matrimonio, por la salud, por una situación económica, por la paz interior, y ha sentido que el cielo permanecía callado?


La mujer pudo marcharse ofendida. Pero permaneció cerca de Jesús. Aquí encontramos una fe adulta. La fe madura no es aquella que solamente cree cuando Dios responde; es aquella que permanece cuando todavía no comprende.


Finalmente, aquella mujer pronuncia una respuesta extraordinaria: “hasta los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. No está reclamando privilegios. Se abandona completamente a la misericordia de Dios. Y entonces Jesús exclama: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”.


Tal vez aquí está el desafío para nosotros, que venimos a Misa, conocemos el Evangelio y llevamos años caminando en la Iglesia: ¿Jesús podría decir hoy de nosotros: “Qué grande es tu fe”?


Porque podemos tener mucha práctica religiosa y poca capacidad para confiar. Podemos defender la doctrina y cerrar el corazón. Podemos recibir la Comunión y después clasificar a las personas entre quienes merecen nuestra cercanía y quienes no.


Nuestra sociedad también construye fronteras: ideológicas, económicas, raciales, generacionales, religiosas. Incluso dentro de nuestras familias levantamos pequeños muros: “con este no hablo”, “a aquella no la perdono”, “ese ya no cambia”. Y Dios continúa diciendo: “Mi casa es casa para todos”.


Les propongo tres ejercicios para esta semana:


Primero: identifique una persona que hayas colocado, quizá inconscientemente, fuera de tu corazón, y ora por ella sin pedir que cambie; simplemente ponla delante de Dios.


Segundo: cuando tu oración parezca no recibir respuesta, no la dejes de hacer, sino que inmediatamente pregunta: “Señor, ¿qué estás formando en mí mientras espero?”.


Y tercero: realiza un gesto concreto de acogida y de aceptación hacia alguien que normalmente ha pasado desapercibido en tu vida.


Queridos hermanos y queridas hermanas: la mujer cananea comenzó el Evangelio estando aparentemente fuera y terminó siendo presentada por Jesús como modelo de fe. ¡Qué maravilla! Porque Dios muchas veces encuentra grandeza donde nosotros solamente vemos límites. Que al salir hoy de esta Eucaristía nuestro corazón sea un poco más amplio, nuestra fe un poco más perseverante y nuestra misericordia mucho menos selectiva. Que, por la intercesión de Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol, seamos constructores de amor, paz y alegría entre nosotros y favorezcamos la Sinodalidad caminando juntos con Jesús y acompañados por la Virgen María. Que así sea.

 
 
 

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