MISA DE APERTURACURSO 2026-2027 SÁBADO 15 DE AGOSTO DE 2026. HOMILÍA+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA.
- Jazmin del Carmen Antele
- hace 4 horas
- 5 min de lectura
Primera Lectura. Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab: Una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies.
Salmo Responsorial. Del Salmo 44: De pie, a tu derecha, está la reina.
Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-27: Resucitó primero Cristo, como primicia; después los que son de Cristo.
Aclamación antes del Evangelio. María fue llevada al cielo y todos los ángeles se alegran.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Lucas 1, 39-56: Ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Exaltó a los humildes.
Pbro. José Juan Montán Isidoro, Rector del Seminario Diocesano:
Equipo Formador del Seminario Mayor Diocesano “San Andrés Apóstol”. Etapa Propedéutica:
Maestros y Maestras de la Etapa Propedéutica:
Seminaristas y familiares:
Queridos hermanos y queridas hermanas:
Hoy sábado 15 de agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. La Iglesia nos invita a levantar la mirada hacia el destino último de nuestra fe: la vida plena en Dios. En medio del verano y en la Apertura del Curso 2026-2027 de la etapa Propedéutica de nuestro Seminario Diocesano nos reunimos como pueblo peregrino para contemplar a María elevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo. Ella, que supo acoger la Palabra y vivirla con fidelidad, nos muestra el camino de la humildad, la entrega y la esperanza. Su Asunción es promesa cumplida y anticipo de nuestra vocación definitiva. La Iglesia nos invita a contemplar el destino glorioso de María y, al mismo tiempo, a descubrir lo que Dios quiere realizar en cada uno de nosotros.
Hoy la Liturgia nos presenta el pasaje del Evangelio de la Visitación. A primera vista, podría parecer extraño que, para celebrar la glorificación de María en el Cielo, escuchemos un relato que habla de un encuentro sencillo entre dos mujeres en una pequeña aldea de Judea. Sin embargo, ahí se encuentra una de las claves más profundas de esta solemnidad. María es llevada a la gloria porque antes supo vivir en la humildad. Es exaltada porque primero se hizo servidora. Su grandeza no nace de privilegios humanos, sino de su total disponibilidad a la voluntad de Dios.
El cantico del Magníficat que resuena en el Evangelio de San Lucas es el canto de una mujer que reconoce que todo es gracia. María no se coloca en el centro; pone a Dios en el centro. “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. La Asunción de la Virgen María es precisamente la culminación de esas obras grandes. Aquella que acogió la Palabra en su seno, aquella que acompañó a su Hijo hasta la cruz, aquella que permaneció fiel cuando muchos abandonaban, participa ahora plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
La Primera Lectura, tomada del Libro del Apocalipsis, nos habla de una mujer revestida de sol. La tradición cristiana ha visto en esta imagen una referencia a María, pero también a la Iglesia. En ella contemplamos la lucha entre el bien y el mal, entre la fidelidad y las fuerzas que intentan apartar al ser humano de Dios. María aparece como signo de esperanza en medio de ese combate. Su glorificación nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, que la historia humana no camina hacia el fracaso, sino hacia la plenitud que Dios ha preparado para sus hijos.
Esta verdad tiene una importancia especial para nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad marcada con frecuencia por la incertidumbre, el desencanto y el miedo al futuro. Muchas personas cargan con el peso de la enfermedad, la soledad, las dificultades económicas o las heridas familiares. La Asunción de la Virgen María proclama que nuestra vida no está encerrada en los límites de este mundo. Hemos sido creados para la comunión eterna con Dios. Lo que contemplamos realizado en María es la promesa de lo que Dios quiere realizar en toda la humanidad redimida por Cristo, que es la verdadera Luz del mundo. María nunca se anuncia a sí misma. Como en Caná, sigue diciendo: “Hagan lo que Él les diga”.
Queridos hermanos y queridas hermanas: La Virgen María es para nosotros un modelo de escucha, contemplación y anuncio. Debemos invocarla con profunda confianza, sabiendo que ella conduce siempre al encuentro con su Hijo Jesucristo. También nosotros, al celebrar esta Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, estamos llamados a aprender de su fe. Una fe que escucha, que acoge, que persevera y que se convierte en servicio. En este día de Fiesta, mientras elevamos nuestra mirada hacia María asunta al cielo, renovemos nuestra esperanza. Allí donde ella ha llegado, estamos llamados a llegar también nosotros. Su glorificación no nos aleja de la tierra; al contrario, nos anima a vivir con mayor fidelidad nuestra vocación cristiana. Quien pone su confianza en Dios, tiene la esperanza de que el bien es más fuerte que el mal. Jesús se confió de Dios y vivió con la convicción de ser afirmado y reconocido como Hijo por su Padre. Esto es lo que confiesa nuestra tradición cristiana. Lo mismo sucederá con nosotros si ponemos nuestra vida en Dios: su Espíritu nos transformará y nos renovará para practicar un amor solidario como el de la Virgen María con su prima Isabel. Como sucedió con Zaqueo, el recaudador de impuestos, quien, tras su encuentro liberador con Jesús, hizo que los pobres compartieran lo que poseía. La resurrección de Jesús y su ascensión junto al Padre, la Asunción de María y la de todos los que han muerto en el Señor, nos quieren enseñar que el bien es más fuerte que el mal. La experiencia fundamental de los primeros discípulos tras el viernes santo fue que el mal, la cruz, no pueden tener la última palabra; el camino que ha recorrido la vida de Jesús es el correcto, y es la última palabra, rubricada en su resurrección. Y no es que la resurrección sea una especie de compensación por el fracaso histórico del mensaje y la actuación de Jesús; sino porque el “recorrer Palestina haciendo el bien” fue ya el comienzo del reino de Dios: de un reino en el que la muerte y la injusticia no tienen ya lugar. En la puesta en práctica del reino de Dios en Jesús está ya anticipada la resurrección, la Asunción al cielo. La fe pascual, la fe en Jesucristo resucitado afirma que ninguna forma de mal tiene un futuro definitivo. Que Nuestra Señora de la Asunción acompañe a cada uno de nuestros seminaristas y a sus familiares, fortalezca nuestra fe y nos ayude a caminar hacia Cristo, meta definitiva de nuestra peregrinación en esta tierra. Que así sea.




Comentarios