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HOMILÍA+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

SALÓN CAMPESTRE “LOS MANGOS”

ACAYUCAN, VERACRUZ


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

ENCUENTRO DIOCESANO DE LOS JÓVENES

EN EL ESPÍRITU SANTO

SÁBADO 15 DE AGOSTO DE 2026


HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

6 P.M.


Primera Lectura. Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab: Una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies.

Salmo Responsorial. Del Salmo 44: De pie, a tu derecha, está la reina.

Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-27: Resucitó primero Cristo, como primicia; después los que son de Cristo.

Aclamación antes del Evangelio. María fue llevada al cielo y todos los ángeles se alegran.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Lucas 1, 39-56: Ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Exaltó a los humildes.


Pbro. Maximino Montiel Cruz, Asesor Diocesano del Movimiento de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo:


Equipo Diocesano del Movimiento de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo:


Queridos adolescentes y jóvenes:


Queridos hermanos y queridas hermanas:


En esta reflexión les invito a considera los frutos del Espíritu Santo ¿Qué cosa es el fruto del Espíritu? El Apóstol San Pablo ofrece una lista de frutos en su Carta a los Gálatas. Escribe: “el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio de sí mismos” (Gal 5,22). Nueve frutos del Espíritu. ¿Pero qué cosa es este “fruto del Espíritu”?

A diferencia de los carismas, que el Espíritu concede a quien quiere y cuando quiere para el bien de la Iglesia, los frutos del Espíritu – repito: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio de sí mismos– son el resultado de una colaboración entre la gracia y nuestra libertad personal.


Estos frutos expresan siempre la creatividad de la persona, en la que “la fe obra por medio de la caridad” (Gal 5,6), a veces de forma sorprendente y llena de alegría.


No todos en la Iglesia pueden ser apóstoles, profetas, evangelistas; pero todos indistintamente pueden y deben ser caritativos, pacientes, humildes, constructores de paz, y etcétera. Todos nosotros, si, debemos ser caritativos, debemos ser pacientes, debemos ser humildes, artífices de paz y no de guerra.


Entre los frutos del Espíritu indicados por el Apóstol San Pablo, me gustaría destacar uno de ellos, recordando las palabras iniciales de la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG, n. 1). A veces habrá momentos tristes, pero siempre existirá la paz. Con Jesús existe la alegría y la paz.


La alegría, fruto del Espíritu, tiene en común con cualquier otra alegría humana un cierto sentimiento de plenitud y satisfacción, que hace desear que dure para siempre. Sin embargo, sabemos por experiencia que eso no ocurre, porque todo aquí en la tierra pasa rápidamente: Todo pasa rápidamente. Pensemos juntos: la juventud, pasa rápidamente, ¿la salud, las fuerzas, la satisfacción, las amistades, el amor duran mucho tiempo? Pero después no más. Por otra parte, aunque estas cosas no pasaran rápidamente, después de un tiempo ya no son suficientes, o incluso se vuelven aburridas, porque, como dijo San Agustín a Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Es decir, existe la inquietud del corazón por buscar la belleza, la paz, el amor, la alegría.


La alegría del Evangelio, la alegría evangélica, a diferencia de cualquier otra alegría, puede renovarse cada día y volverse contagiosa. “Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto referencialidad. [...] Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?” (EG, n. 8). Esta es la doble característica de la alegría que es fruto del Espíritu: no sólo no está sujeta al inevitable desgaste del tiempo, ¡sino que se multiplica al compartirla con los demás!  Una verdadera alegría se comparte con los demás, y se “contagia”.


Hace cinco siglos, vivía en Roma un santo llamado Felipe Neri. Él pasó a la historia como el santo de la alegría. A los niños pobres y abandonados de su Oratorio les decía: “Hijos, estén alegres; no quiero escrúpulos ni melancolía; me basta con que no pequen”. Menos conocida es, sin embargo, la fuente de la que procedía su alegría. San Felipe Neri sentía un amor tal por Dios que a veces parecía que el corazón le iba a estallar en el pecho. Su alegría era, en el sentido más pleno, un fruto del Espíritu. El santo participó en el Jubileo de 1575, que enriqueció con la práctica, mantenida posteriormente, de visitar las Siete Iglesias. Fue, en su época, un verdadero evangelizador a través de la alegría. Y tenía esta característica de Jesús: perdonaba siempre, perdonaba todo. Quizás alguno de nosotros puede pensar: “pero he cometido este pecado, y esto no tendrá perdón…”. Escuchen bien: Dios perdona todo, Dios perdona siempre. Y esta es la alegría: ser perdonados por Dios. Queridos Sacerdotes y Confesores: perdonen todo, no pregunten mucho, perdonar todo, todo y siempre.


La palabra “evangelio” significa buena nueva, buena noticia. Por tanto, no se puede comunicar con caras largas y rostro sombrío, sino con la alegría de quien encontró el tesoro escondido y la perla preciosa. Recordemos la exhortación que San Pablo dirigió a los creyentes de la Iglesia de Filipos, y que también nos dirige a todos nosotros: “Estén siempre alegres en el Señor, les repito estén alegres, y den a todos muestras de un espíritu muy abierto. El Señor está cerca” (Fil 4,4-5).


Queridos hermanos y hermanas, queridos adolescentes y jóvenes alégrense con la alegría de Jesús en el corazón. Aprendamos de la Virgen María a ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, especialmente cuando Él nos sugiere “levantarnos de prisa” e ir a ayudar a alguien que nos necesita, como hizo María inmediatamente luego de que el ángel la dejara después de la Anunciación (cfr. Lc 1,39). Que Nuestra Señora de la Asunción interceda por nosotros. Que así sea.

 
 
 

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