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HOMILÍA 23 DE AGOSTO DE 2026

DIÓCESIS DE CAMPECHE

PARROQUIA DE SAN LUIS OBISPO

CALKINÍ, CAMPECHE

 

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

 

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

23 DE AGOSTO DE 2026

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

VI OBISPO DE SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ




Primera Lectura. Del Libro del profeta Isaías 22, 19-23: Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro.

Salmo Responsorial. Del Salmo 137: Señor, tu amor perdura eternamente.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-36: Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está orientado hacia él.

Aclamación antes del Evangelio. Mt 16, 18: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella, dice el Señor.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20: Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del Reino de los cielos.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

La Liturgia de este Domingo XXI del TO CA se centra en torno a la pregunta que el mismo Jesús dirigió a sus discípulos; “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Una pregunta que sigue resonando cada día en el corazón del creyente, cuando buscando dar un sentido a su propia existencia, se pregunta a sí mismo: ¿quién es Jesús para mí y quién es para los hombres y mujeres del s. XXI? Más allá de los sabios y de los poderosos de su época, Jesús se nos presenta, como el mismo Dios encarnado, que bajo su humilde condición del hijo del carpintero José, hizo presente a través de su persona, al Reino de Dios en medio del mundo. Se trata de un Reino que tras la confesión de fe de aquel sencillo pecador llamado Simón, se sigue propagando con fuerza a través de la Iglesia, de ese Pueblo de Dios, que habla con sus palabras y obras de aquel Dios trascendente y misericordioso, que pone su tienda en medio de la fragilidad y fortaleza, de las angustias y de los gozos de todo corazón humano.

 

Quien tiene las llaves de una casa tiene el poder sobre ella. Entra, sale, hace y deshace. Es el caso de Sebná, alto funcionario del palacio en tiempos del rey Ezequías; era un tesorero y mayordomo (ls 22,15) que se aprovecha en beneficio propio de su situación privilegiada como encargado del palacio real. Dios va a intervenir restituyendo el orden, destituyendo a este mayordomo Sebná y pondrá la llave del palacio de David sobre el hombro de alguien fiel: Eleacín, el hijo de Elcías (cfr. Is 20, 20-22). La llave es signo, más que de poder, de una responsabilidad muy grande que hay que cumplir con auténtica fidelidad. El texto profético de Isaías enlaza con el Evangelio según San Mateo, donde Jesús otorga a Pedro una gran responsabilidad: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19). Tener las llaves no es un privilegio sino una responsabilidad de servicio que Pedro tendrá que ir aprendiendo y que le llevará a entregar la vida como su Maestro y Señor, “el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). El poder reflejado en las llaves, conferido por Jesús a su Iglesia en la persona de Pedro, “piedra” (Mt 16, 18), es el de abrir, “dar acceso”, al camino y al proyecto del Reino de Dios, así como “cerrarlo” a todo aquello que está de acuerdo al mal o lucha con fuerza contra este proyecto de vida nueva y plenitud que Dios nos ofrece.

 

Los versículos del Salmo 137, que nos sirven hoy como Salmo Responsorial subrayan la actitud reverente y agradecida del salmista ante el Dios de misericordia y lealtad: “Señor, te damos gracias por tu lealtad y por tu amor: siempre que te invocamos, nos oíste y nos llenaste de valor” (Sal 138, 2-3). El salmista se ha visto agraciado por esa misericordia: “cuando te invocamos, nos oíste y nos llenaste de valor” (Sal 138, 3), por ello alaba y agradece desde un sentimiento profundo de humildad y es que “se complace el Señor en los humildes y rechaza al engreído” (Sal 138, 6). El humilde reconoce la bondad de Dios, no ve los dones de Dios como privilegios para el disfrute propio sino más bien como beneficios de su misericordia. Esto es lo que no entendió el mayordomo Sebná y lo que Pedro aprenderá junto a Jesús para desempeñar bien la alta misión encomendada.

 

La segunda lectura nos ofrece un breve texto de la Carta a los Romanos, una especie de pequeño himno con el que concluye el capítulo 11, dedicado a reflexionar sobre el pueblo de Israel, del cual el Apóstol San Pablo espera la conversión porque Dios no ha rechazado a su pueblo de elección. Todo el plan de Dios, todo su proyecto de salvación en favor de todos es lo que hace a San Pablo expresar admiración por el conocimiento de Dios: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!” (Rom 11, 33). Es imposible conocer la mente de Dios, pero todo lo que sale de la mente de Dios es bueno para el mundo y para el ser humano, pues Dios es origen, guía y meta del universo: “todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está orientado hacia él” (Rom 11, 36). Todo lo ha hecho bien y bueno para nosotros. Dios es abismo insondable de amor, al que nosotros debemos glorificar.

 

En el Evangelio de hoy Jesús dirige a los discípulos la pregunta “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” (Mt 16, 13), para llegar a la pregunta que a él le interesa formular “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16, 15). La gente ya tiene una opinión formada sobre Jesús: es Juan Bautista resucitado, es Elías, que precede a la llegada del Mesías, o es un profeta. Estas opiniones apuntan desde luego a la singularidad de la persona de Jesús, es alguien especial, pero ¿y para los discípulos? Pedro se adelanta y responde afirmando que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Se trata de una respuesta inspirada (cfr. Mt 16, 17). Pedro no sabe en realidad su significado como mostrará el Evangelio del próximo domingo, continuación de éste. Esta respuesta de Pedro obedece a una inspiración de lo Alto, como le dice Jesús: “esto no te lo ha revelado ningún hombre” (Mt 16, 17). Esta respuesta confirma a Pedro en una misión que se le encomienda y que, para llevarla adelante, necesitará saber el verdadero significado de la misma y no lo que él se imagina. Siguiendo a Jesús, día a día, irá comprendiendo el sentido de su respuesta inspirada y la responsabilidad de su misión de ser “piedra” de la Iglesia de Jesús a punto de iniciar, representada en los Apóstoles testigos de estas cosas. Entendiendo poco a poco el mesianismo de Jesús como entrega y servicio Pedro estará preparado para desempeñar su propia entrega y servicio. Llaves, atar y desatar: poder responsable que se traduce en un servicio eclesial a todos como primado en el orden de la fe, de la verdad, de la integridad evangélica y la caridad solícita, velando por el bien del rebaño de Jesús el Buen Pastor.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas: Les invito a tener siempre presente la pregunta que Jesús hace a los discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16, 15). Cada discípulo, es decir, cada uno de nosotros está llamado a encontrarse personalmente con Cristo y a responder esa pregunta. Pues así como los primeros discípulos de Jesús también nosotros vivimos rodeados de opiniones sobre Él. Algunos lo consideran un gran maestro moral. Otros, un personaje histórico admirable. Otros lo reducen a un símbolo espiritual. Pero la pregunta sigue en pie: ¿quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida? La fe en Jesús es un regalo antes que un mérito. Conviene recordar que la firmeza de Pedro no procede de sus cualidades personales. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones. Lo que sostiene a Pedro es la fe en Cristo. La Iglesia no se construye sobre la perfección de los hombres y de las mujeres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos. También nosotros estamos llamados a edificar nuestra vida sobre esa misma roca que es Cristo. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo.

 

Pedro respondió con una confesión admirable: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Sin embargo, Jesús le recuerda inmediatamente que esa respuesta no nace de su inteligencia ni de sus capacidades: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan,  porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!” (Mt 16, 17). La fe es siempre gracia. La fe es un don gratuito de Dios y una tarea del hombre (Papa Benedicto XVI, Año de la fe 2012-2013). La fe no es el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe atraviesa no sólo la mente y las creencias, sino también el corazón. Por eso la fe auténtica va unida a la humildad. Nadie puede sentirse propietario de la verdad recibida. Somos creyentes porque Dios ha querido revelarse y porque su Espíritu sigue actuando en nosotros. La pregunta de Jesús no se responde una sola vez: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16, 15). Cada etapa de la vida exige volver a escucharla y responderla. Cuando llegan las dificultades, cuando aparecen dudas, cuando experimentamos la alegría o el sufrimiento, Cristo sigue preguntándonos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16, 15). La respuesta más verdadera no se da únicamente con palabras. Se expresa en la manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar y de confiar. Porque al final, la cuestión no es solo quién es Jesús para nosotros, sino si estamos dispuestos a vivir como discípulos suyos.

 

¿Quién es realmente Jesús para nosotros más allá de las respuestas aprendidas? ¿Sobre qué roca estamos construyendo nuestra vida? ¿Cómo se traduce nuestra fe en decisiones concretas de cada día? ¿Sigo dejando que Cristo me sorprenda o creo que ya lo conozco suficientemente?

 

Que la intercesión y el ejemplo de la Virgen María, San José, San Andrés Apóstol, San Francisco de Asís, Santa Clara de Asís y San Luis Obispo nos ayuden a responder todos los días a Jesús que es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el que da verdadero sentido a nuestra vida cristiana. Que hagamos realidad en nuestra vida lo que Él nos enseña. Que así sea.


 
 
 

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