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SEMINARIO MAYOR. MISA DE INICIO DE CURSO

LUNES 28 DE AGOSTO DE 2023 11 HRS.


HOMILÍA

+ MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5. 8-10: Abandonando los ídolos, ustedes se convirtieron a Dios y viven en la esperanza de que venga Jesucristo.

Salmo responsorial. Del Salmo 149, 1-2. 3-4. 5-6a y 9b: R. El Señor es amigo de su pueblo.

Aclamación antes del Evangelio. Jn 10, 27. R. Aleluya, Aleluya.

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, Yo las conozco y ellas me siguen. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 23, 13-22: ¡Ay de ustedes, guías ciegos!


Padres formadores del Seminario:

Profesores del Seminario Mayor San Andrés:

Alumnos del Seminario Mayor:

Hermanos y Hermanas:

En esta Santa Misa del Espíritu Santo al Inicio del Ciclo 2023-2024 ponemos en manos de Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora del Carmen, San José, San Andrés Apóstol y San Agustín, a seminaristas, formadores y profesores de nuestro Seminario Mayor de San Andrés. Les invito a todos a dar gracias a Dios, especialmente por su llamado a la vocación sacerdotal y para que siga suscitando muchas vocaciones en nuestra Diócesis de San Andrés Tuxtla.


P. Elíseo, Rector del Seminario, y cada uno de los formadores y profesores, que con deseos de servir, dedican tiempo y esfuerzo a estos jóvenes que se consideran llamados a ser sacerdotes. Es un profundo gozo celebrar esta Celebración Eucarística con ustedes los futuros pastores del pueblo santo de Dios, pues se renueva y confirma la promesa de Dios para su pueblo: “Les daré pastores según mi corazón” (Jer 3, 15). Deben sentirse felices, pues el Señor Jesucristo ha puesto su confianza y su esperanza en ustedes, de manera que cada uno cautivado por su amor y su gracia, experimente la dicha de ser su discípulo, viviendo en la “comunión” y en la “santidad de vida” este tiempo del Seminario, anhelando “no” el día de la ordenación sacerdotal, sino el día en el cual, con su vida y su testimonio, atraigan a hombres y mujeres a Dios, contribuyendo de manera directa en la obra que realizó Cristo de la redención humana y de la glorificación perfecta del Padre (Cfr. Sacrosanctum Concilium 5). La vocación no es fruto de ningún proyecto humano o de una hábil estrategia organizativa, es una realidad más honda, es un don de Dios, una iniciativa misteriosa e inefable del Señor, que entra en la vida de una persona cultivándola con la belleza de su amor y suscitando consiguientemente una entrega total y definitiva a ese amor divino (Cfr. Jn 15, 9.16).


Imploramos al Padre del Cielo, que envíe el Espíritu Santo Paráclito sobre cada unos de nosotros,para que vivamos conforme a este Espíritu en la fe y en la humildad. Pues “es el Espíritu de Jesús el que da la luz y la fuerza en el discernimiento y en el camino vocacional. No hay, por tanto, auténtica labor formativa para el sacerdocio sin el influjo del Espíritu de Cristo” (Pastores Dabo Vobis 65). Por ello, los invito a todos ustedes formadores, maestros y seminaristas a que ésta sea nuestra principal y permanente ocupación, estar abiertos al soplo del Espíritu, ya que no se comprende auténticamente la revelación cristiana sin tener en cuenta la acción del Espíritu Santo y, el encuentro con la Palabra de Dios, que nos humaniza y clarifica nuestra vocaciónsin la acción del Espíritu es parcial y subjetiva, pues en efecto, el mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo, en el seno de la Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión y que será prometido a los discípulos. “El mismo Espíritu, que habló por los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra y la predicación de los Apóstoles; es el mismo Espíritu, finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras” (Vebum Domini 15). Conscientes de este horizonte pneumatológico se requiere señalar la importancia de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en el corazón de los creyentes en su relación con las Sagradas Escrituras, de manera excepcional en la vida cotidiana de cada persona llamada al sacerdocio. El Espíritu Santo, es nuestro único y principal punto de referencia en la humanización y clarificación de nuestra vocación.


Al escuchar los textos de la Palabra de Dios de esta Celebración Eucarística, quisiera que nos detuviéramos a reflexionar el texto del Evangelio de Mateo: Jesús dirige un serio reproche, unas palabras muy duras contra las actitudes que encarnan los escribas y fariseos, guías espirituales del pueblo. Es el último mensaje público que Jesús pronuncia en el Templo de Jerusalén, la última semana antes de los relatos de la Pasión. Jesús que durante su vida repite una y otra vez, con gestos y con palabras, que no ha venido a condenar sino a salvar, no duda en advertir con dureza la enorme distancia entre el Reino de Dios cuyas claves son la justicia, la verdad, la misericordia y el perdón, y la doctrina propugnada por las autoridades religiosas de su tiempo.

Una doctrina basada en el cumplimiento exacto de toda una legislación de 613 preceptos que llevaban ostentosamente visible. Jesús le dirige a los escribas y a los fariseos una exclamación acongojada de quien, al ver transitar por un camino equivocado, dirige la última fuerte llamada a la conversión. Es muy importante que, a través de esta advertencia de Jesús, y con una actitud de conversión, nos sintamos también hoy interpelados ¿qué imagen de Dios vivimos o transmitimos? ¿En qué camino de salvación estamos? ¿En el camino de fe cumplo de manera escrupulosa la ley o el precepto del amor?

Hoy nos sorprende Jesús con el énfasis que pone para indicarnos que hay un camino con semáforo rojo, por el que transitan los escribas y los fariseos. Pidamos a Dios que nos libre de caer en actitudes farisaicas que empobrecen la relación con los demás y con Dios. Que nos ayude el Espíritu Santo a descubrir aquellos momentos, situaciones y actitudes que hemos tenido más de fariseos que de discípulos de Jesús.


En la Primera Lectura escuchamos a San Pablo que le escribe a los Tesalonicenses exhortándolos a conservar la comunidad cristiana que se ha logrado formar en la segunda ciudad griega en importancia, después de Atenas: “Nunca perdemos de vista, hermanos muy amados de Dios, que él es quien los ha elegido. En efecto, nuestra predicación del Evangelio entre ustedes no se llevó a cabo sólo con palabras, sino también con la fuerza del Espíritu Santo, que produjo en ustedes abundantes frutos. Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su propio bien” (1 Tes 1, 4-5).


Estimados alumnos del Seminario: el proyecto formativo del Seminario es llegar a ser una comunidad que se vincule por la fe, el amor y la esperanza, para que así, a ejemplo de la comunidad de Tesalónica, nuestra comunidad seminario sea modelo en la evangelización. Hay que asumir la centralidad de la Palabra de Dios como aquella que nos humaniza y clarifica la vocación sacerdotal. El Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, al referirse a los candidatos al orden sacerdotal dice: “deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto la Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exégesis, teología, espiritualidad y misión. Ustedes están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la Lectio Divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas (Cfr. Verbum Domini 82).


Es a partir del encuentro con la Palabra de Dios que las dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual, vocacional y pastoral se desarrollan, buscando la humanización del hombre, la respuesta a las exigencias personales y culturales y el compromiso con el hombre contemporáneo. “La novedad del anuncio cristiano, no consiste en un pensamiento, sino en un hecho: Él, se ha revelado” (VD 92) y al revelarse se ha encarnado, por eso la dinámica soteriológica-salvífica hoy día es la misma, pues Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). La Palabra de Dios ha inspirado a lo largo de los siglos diferentes culturas, generando valores morales fundamentales, expresiones artísticas excelentes y estilos de vida ejemplares. Por lo que les invito y les exhorto estimados seminaristas, formadores y profesores del Seminario a que sea la Palabra de Dios la fuente de nuestras inspiraciones, de nuestras transformaciones y sobretodo la fuente de nuestras relaciones interpersonales que van siendo signos concretos de una nueva cultura cuya nota fundamental es la “comunión”. “La iglesia necesita sacerdotes y consagrados que nunca pierdan la conciencia de ser discípulos en comunión” (Documento de Aparecida 324).Es en la comunión donde los discípulos de Jesucristo purifican la recta intención, donde la madurez afectiva cobra su fuerza y su transparencia; es en la comunión donde la confianza siembra lazos de amistad y diálogo, capaces de sentir al otro como verdaderamente alguien que me pertenece y por lo tanto me impulsa a sentirme corresponsable de su formación. No se podría vivir un auténtico discipulado, si no se vive en la transparencia de vida y en la disciplina evangélica.



Por lo tanto padres formadores, profesores y seminaristas: les exhorto a que asumamos el compromiso de prepararnos a vivir este Ciclo 2023-2024 como una experiencia a la luz del Evangelio de Jesucristo, que sea capaz de transformar nuestra vida cristiana, concretamente en el estilo de vida que la disciplina del Seminario tiene proyectada para cada uno de los que con libertad se han decidido seguir al Señor de cerca. Necesitamos como comunidad seminarística estar preparados y dispuestos a responder a las grandes problemáticas y desafíos humanos; a nivel eclesial: la vida, la familia, el sentido de la existencia humana, la integridad de la persona humana; a nivel personal, la identidad personal, la libertad, la sexualidad madura como preámbulo de entrega celibataria, la capacidad de diálogo. Hay que estar convencidos que es la Palabra de Dios la que nos impulsa a dar una respuesta definitiva y definitoria. Es indispensable confirmar que los candidatos por la vida y ministerio sacerdotal sean capaces de asumir las exigencias de la vida comunitaria la cual implica diálogo a solas con Dios, no hay mejor tiempo que aquel que aprovechamos a solas con Dios en la presencia eucarística; que triste y que vana sería la disciplina del Seminario si cada seminarista y cada formador no tiene a Cristo como modelo y el fundamento de vida cotidiana.


El estudio que se reduce al conjunto de conceptos y conocimientos es un estudio enciclopédico que no le permite al hombre el encuentro pleno con la Verdad, pues la Verdad es Cristo (Jn 14, 6) y solo él es capaz de satisfacer el anhelo y el deseo de verdad. El verbo latino “studere” significa empujar hacia adelante con esfuerzo, o esforzarse por algo con celo. El estudio real, requiere del silencio, un silencio que provoque a la contemplación y la asimilación de la Verdad. Finalmente deseo que cada uno de ustedes no pierda de vista el objetivo por el cual ha llegado al Seminario, esto será fundamental e indispensable, pues a partir de estas motivaciones, es que la vida cotidiana se renueva y se purifica. Pidamos la intercesión de María, la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, para que ella nos muestre el camino para meditar la Palabra de Dios en el corazón y así poder trasformar nuestra vida cada día, según el corazón de Cristo,Buen Pastor. Así sea.



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