HOMILIA 6 DE SEPTIEMBRE DE 2026
- guadalupe antele xolot
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DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA
S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL
SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
6 DE SEPTIEMBRE DE 2026
HOMILÍA
MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA
11 A.M.
Primera Lectura. Del Libro del profeta Ezequiel 33, 7-9: Si no amonestas al malvado, te pediré cuentas de su vida.
Salmo Responsorial. Del Salmo 94: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 13, 8-10: Cumplir perfectamente la ley consiste en amar.
Aclamación antes del Evangelio. 2 Cor 5, 19: Dios ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo, y nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 18, 15-20: Si tu hermano te escucha, lo habrás salvado.
Queridos hermanos y queridas hermanas:
La “responsabilidad” suele ser definida como aquella actitud con la que cada persona debe responder por sus propios actos[1]. Frases como “cada uno con lo suyo” o “cada quien su vida” parecen inobjetables. Estos dichos y otros similares se presentan como verdades absolutas. Hoy Domingo XXIII del TO CA, sin negar la parte de razón que contienen esas frases, la Palabra de Dios nos invita hoy a mirar más allá, para descubrir que existe también la “corresponsabilidad”. Se trata de esa misma responsabilidad, pero con perspectiva y dimensión comunitaria.
“Te he constituido centinela para la casa de Israel” (Ez 33, 7), dice Dios al profeta Ezequiel. A este profeta le tocó vivir un período muy difícil en la historia de Israel: la deportación y el exilio en Babilonia. Desde allí contempló los hechos que marcaron decisivamente la vida del pueblo hebreo, como la destrucción de Jerusalén y de su templo santo. El profeta Ezequiel sabía muy bien que tales desgracias fueron consecuencias del pecado de todo Israel contra su Dios, a quien rechazó, para caer en la idolatría, la injusticia y la iniquidad. El pecado es ciertamente responsabilidad del que lo comete y quien debe asumir las consecuencias. Sin embargo, los demás miembros de la comunidad tampoco pueden quedar ajenos, en razón de su solidaria corresponsabilidad. Si alguien comete un error hay que ayudarlo para que reconozca y repare su falta. No basta “lavarse las manos” o intentar exculparse bajo el pretexto de la exclusiva responsabilidad individual. Esto podría constituir “pecado de omisión”. Para el profeta Ezequiel, el Pueblo en su conjunto ha abandonado al Señor, no sólo algunos individuos en particular. Por tanto, toda la comunidad debe rendir cuentas a Dios.
La imagen del “centinela” usada por el profeta Ezequiel es muy elocuente. No se trata de un “policía”, cuya función sería salvaguardar el orden de la “polis” o “ciudad”, exigir el cumplimiento de las leyes, perseguir y detener a los infractores. El “centinela” en el Libro del profeta Ezequiel es más bien un vigilante, emplazado en un puesto de observación en lo alto, para advertir, cuidar y proteger a la comunidad. Su tarea es observar, descubrir y alertar sobre cualquier peligro o riesgo y dar la voz de alarma. La imagen del centinela ilustra la misión del profeta: advertir y alertar a la comunidad sobre cualquier amenaza: “Te he constituido centinela de la casa de Israel” (Ez 33, 7). Esta imagen prepara lo que Jesús dice respecto a la corrección fraterna. Nos ofrece pistas valiosas para vivir la corresponsabilidad entre hermanos, como exige nuestra condición cristiana. El “centinela” es el que se preocupa y se ocupa del prójimo y no sólo de sí mismo. No juzga. Advierte, cuida y protege de los peligros. Aunque no es posible dirigir la voluntad ajena, ni eximir de obligaciones a los demás, el centinela ayuda a despertar la conciencia del pecador, aunque corra el riesgo de recibir incomprensiones y rechazos. No condena, pero sí corrige, advierte lo negativo y señala lo bueno. Alienta esfuerzos sinceros por el bien de la comunidad.
Jesús es el mejor ejemplo del centinela y quien ejercita la corrección fraterna. Rechaza el pecado, pero ama al pecador, busca al extraviado, se acerca al que falla, le descubre su error, lo perdona y lo llama a la conversión. Así lo hizo con muchos, entre ellos Zaqueo (Lc 19, 2-9), la samaritana (Jn 4, 1-42), la pecadora pública (Lc 7, 39-47), la adúltera (Jn 8, 1-11) y muchos otros más. No los condenó, sino que los perdonó y les ofreció la posibilidad de alcanzar una vida más digna y plena. La corrección fraterna no es fácil. Posee un dinamismo creciente. Primero una amonestación a solas. Si ésta no resulta se requieren dos o tres testigos, como prescribe Dt 19, 15. Pero si esto tampoco funciona, entonces la comunidad se encargará de resolver la situación. El rol de la comunidad en la búsqueda de caminos de comunión y fraternidad es fundamental. Sin embargo, aún si el pecador no escucha a la comunidad, no todo está́ perdido. Sigue el trato que Jesús ha tenido para con los paganos (cf. 8,5-13; 9,18-26) y publicanos (cf. 9,9-13), es decir, la actitud misericordiosa hacia ellos. Para esto es necesaria la oración, también en comunidad. Jesús concluye: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pero también reunirse en el nombre del Señor Jesús lo cual no es simplemente ocupar el mismo lugar; sino que es permitir que su verdad, su misericordia y su manera de amar orienten nuestras decisiones.
Queridos hermanos y queridas hermanas: Solamente si aprendemos a ser corresponsables los unos de los otros, hasta en los detalles que parecen pequeños e insignificantes, es como podemos vivir la “Sinodalidad”, es decir, caminar juntos como comunidad eclesial, pero incluso también como comunidad humana. Todos estamos llamados a construir la paz mediante la justicia, la verdad y el amor, siendo centinelas unos de otros. Es normal que en la convivencia humana se generen conflictos. Por eso se requieren “centinelas” que alerten, adviertan y exhorten. Todos somos corresponsables unos de otros y nadie puede “lavarse las manos”, pretextando como Caín: “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9). Asumir el proyecto comunitario fraterno de Jesús exige romper las corazas individualistas y unir los esfuerzos, para buscar el bien común. La indiferencia, la irresponsabilidad y la apatía frente a los problemas sociales destruyen las comunidades. Frente a una sociedad como la nuestra que manifiesta tan graves señas de deterioro, suenan actuales y urgentes las palabras dirigidas al profeta Ezequiel: “Te he constituido centinela de la casa de Israel” (Ez 33, 7), que unidas a las palabras de Jesús respecto a la corrección fraterna nos dan pistas muy valiosas para el momento presente. ¿Cómo es nuestra responsabilidad frente a la comunidad? ¿Nos preocupamos y ayudamos a los demás o solamente los criticamos y destruimos? ¿Cómo resolvemos los conflictos en la familia, en los grupos parroquiales y en la sociedad? ¿Educamos para la reconciliación, el perdón y la paz?
Que la escucha de la Palabra y el alimento de la misma Mesa Eucarística nos impulse y comprometa más a vivir en esta mutua corresponsabilidad. Que nuestras palabras no levanten muros, sino que recuperen hermanos, reconstruyan relaciones y devuelvan la paz a nuestro corazón, a nuestra familia, a nuestra Comunidad Parroquial. Que así sea.
[1] Cfr. Mons. Adolfo Miguel Castaño Fonseca, Obispo de Atlacomulco. Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A. 6 de septiembre de 2026.





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