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HOMILIA 15 DE OCTUBRE

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

15 de Octubre de 2023


HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. Del Libro del Profeta Isaías 25, 6-10: El Señor preparará un banquete y enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Salmo Responsorial. Del salmo 22, l-3a. 3b-4. 5, 6: R. Habitaré en la casa del Señor toda la vida.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20: Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Ef 1, 17-18: R. Aleluya, aleluya. Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 22, 1-10: Conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren.


Queridos hermanos y queridas hermanas:


Al inicio del Sínodo de los Obispos sobre la Sinodalidad que se realiza en Roma del 4 al 29 de Octubre, un obispo usó la imagen bíblica de la liturgia de hoy Domingo XXVIII del TO: “esta aula sinodal se parece a un banquete de bodas”. La imagen es muy elocuente. El pasaje del Profeta Isaías (Is 25, 6-10) es un poema que presenta un banquete ofrecido por Dios, en el Monte Sión, para todos los pueblos. Un lenguaje tan universalista es inusual en el Antiguo Testamento, en el que casi siempre los favores de Dios son para Israel, el Pueblo de la Alianza. Es sorprendente que el festín sea ofrecido a todas las naciones, pero lo es porque no se trata sólo de compartir el alimento material, para comer, beber y pasarla muy a gusto. Dios ofrece ante todo lo que hoy parecería imposible, la paz verdadera: eliminar el velo de muerte y arrancar el paño de dolor que cubre el rostro de los pueblos. Si nos suena inverosímil y hasta fantasioso es quizás porque nos hemos inmerso en sueños mezquinos, limitando las expectativas que Dios tuvo al crear la humanidad. Tal vez los individualismos nos ciegan y cierran el corazón para no compartir con nuestros semejantes. El “gran sueño de Dios” es un banquete en el que participen todos sus hijos, sin distinción y donde no haya dolor ni muerte. Éste tendrá lugar cuando reconozcamos su presencia entre nosotros, cuando podamos decir: “Aquí está nuestro Dios. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae” (Is 25, 9). La profecía de Isaías es un desafío para contribuir a realizar el proyecto de Dios.



La parábola que hoy nos ofrece el Evangelio de San Mateo (Mt 22, 1-10) se refiere también a un banquete. Uno de los símbolos usados por Jesús para hablar del Reino de su Padre, porque el Evangelio de suyo es un mensaje de alegría, fiesta y vida. El Reino de Dios es como un banquete festivo, imagen elocuente del encuentro y la fraternidad. En la Biblia, el comer humano no se reduce al acto fisiológico nutricional, como los demás seres vivos. Comer es un momento de encuentro, una oportunidad de compartir y expresar la cercanía, ocasión para alegrase y expresar la comunión fraterna. Por desgracia, la sociedad actual ha perdido ese sentido antropológico. La invitación para entrar en su Reino y construir un mundo de relaciones fraternas con dignidad y respeto, con gozo festivo, no se puede tomar a la ligera. No es una invitación cualquiera. Es la invitación que dará todo el sentido a nuestra propia vida y a la de toda la humanidad. Cada vez que alguien separa de la mesa a su hermano, se hace menos humano y lastima a todos. El “banquete universal” es realidad en Cristo, quien posibilita la participación a todo ser humano.


Los detalles de la parábola que parecen extraños a primera vista, incluso excesivos, buscan, sin embargo poner de relieve la invitación, como gratuidad total y benevolencia absoluta de parte de Dios, quien toma la iniciativa, pero también aparece la posibilidad de aceptarla y la gravedad del rechazo. Parece exagerado que alguien golpee y hasta mate a quien lo va a invitar, así como la furia desmedida del rey que ordena incluso incendiar la ciudad. Pero la parábola retrata la historia de Israel, evidenciando la gravedad del rechazo, como alerta para la Comunidad de la Nueva Alianza. El banquete sella un pacto que implica el compromiso de mutua pertenencia. Por eso, la negación no es el simple desaire de un evento social. Preferir los propios intereses personales es optar por la negación de la nueva y genuina alianza e ir inevitablemente hacia la muerte y la destrucción. Cuando los intereses particulares pasan por encima del bienestar común, los individualismos se exacerban, generando muerte y destrucción. “El individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña.” (Fratelli tutti, 105). Los que rechazan la invitación a participar del banquete del Reino son todos aquellos que se prefieren a sí mismos, aún a costa de la oportunidad de vivir el gozo de la comunión con Dios y con los hermanos, los que por salvaguardar sus intereses prefieren los sistemas de muerte.





La invitación del rey para que todos participen de la salvación podría parecer inaudita al pueblo judío, pero Dios Padre abre su invitación a todos los hombres y mujeres por igual, sin discriminación. El Señor Jesús viene a darnos el verdadero sentido de universalidad de todos los bienes de la creación y del plan salvador de Dios. La discriminación y el exclusivismo van en contra del verdadero plan de Dios, el Padre de todos (cfr. Fratelli tutti, 128) y contradice el camino sinodal de la Iglesia. La alusión al traje de bodas, que ocasionó el rechazo de uno de los nuevos invitados, no puede ser entendido como una “exclusión” propiamente tal, sino que alude a la disposición que debe haber en los invitados a un banquete, el cual es esencialmente comunión. Sin el vestido del encuentro, la fraternidad y la caridad no es posible la participación.


Queridos hermanos y queridas hermanas: Si Jesús quiso quedarse en la Eucaristía, “la Comida” por excelencia, es porque en ésta se comparte la gran experiencia salvífica, en encuentro con él y con los hermanos. El banquete de la Eucaristía es la “Comida por excelencia”, donde acontece plenamente el encuentro con Cristo y con los hermanos. Pero no se puede participar en ella sin el vestido fraterno y de caridad con el prójimo. Quien no está dispuesto a compartir su pan material con el hermano, tampoco tiene derecho a participar del Pan eucarístico, ni puede aspirar a participar del “gran banquete” eterno del Reino de los Cielos. Que aceptemos lo que nos dice el Apóstol San Pablo en su Carta a los Filipenses: “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas nuestras necesidades, por medio de Cristo Jesús. Gloria a Dios nuestro Padre, por los siglos de los siglos. Amén”. (Flp 4, 20).


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