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Domingo I Adviento

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

DOMINGO I DEL TIEMPO DE ADVIENTO CICLO B

3 DE DICIEMBRE DE 2023

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

 

Primera Lectura. Del Libro del Profeta Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7: Ojalá, Señor, rasgaras los cielos y bajaras.

Salmo Responsorial. Del Salmo 79, 2ac. 3bc, 15-16a, 18-19: R. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.

Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1, 3-9: Esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Aclamación antes del Evangelio. Sal 84, 8: R. Aleluya, aleluya.Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Marcos 13, 33-37: Velen, pues no saben a qué hora va a regresarel dueño de la casa.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

Feliz Año Nuevo litúrgico. El Adviento nos abre a un nuevo Ciclo. En este Año 2023 nos corresponde el Ciclo B. Cada año, con el comienzo del Adviento, cambiamos de Evangelio en los domingos. En esta ocasión, dejamos a San Mateo y ahora seguiremos a San Marcos. Un Evangelio más breve, pero intenso, pensado como un camino catequético. Intenta presentarse no como buena noticia en sí mismo, sino como una presentación de cuál es el "origen de la Buena Noticia, de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (Mc 1,1), tal como se predica en una comunidad concreta, necesitada de saber en quién han creído.

Empezamos el Adviento, uno de los tiempos fuertes de la Liturgia. La Santa Madre Iglesia, que es muy sabia, nos prepara así para vivir mejor la Navidad, como pasa con la Cuaresma, antes de la Pascua. En este tiempo fuerte sería bueno recurrir con mucha más frecuencia a la Palabra de Dios, que está siempre disponible.Y que esa Palabra de Dios sirva para alimentar nuestra mente y nuestro corazón continuamente, todos los días. Porque no agotamos la verdad de esas palabras con una sola lectura. Ojalá volviéramos sobre ellas, ahondando más en su sentido, para extraerles todo el jugo posible, para que nos ayuden a ver más claro, para que nos ayuden a vivir mejor. Son como una fuente de manantial. No agotamos el manantial con un solo sorbo, y probablemente tampoco agotamos nuestra sed con un solo sorbo. Que tengamos ganas de beber más y siempre.

La Primera Lectura (Is 63, 16-17. 19; 64, 2-7)nos habla de un pueblo en el exilio que, a pesar de todo, sigue confiando. Los integrantes del pueblo han sido testigos de cómo Jerusalén era saqueada y ellos mismos llevados al destierro. Todo parece estar en contra. Pero confían. Esperan. Es un pueblo que sabe Quién es su Señor, y no desesperan. Nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. Cuando todo va mal, sólo queda confiar y orar. Cuando rezamos bien, como Dios quiere, se logra la paz interior, la esperanza, una mirada optimista que ayuda a seguir viviendo. En los brazos de Dios uno puede sentirse seguro, a pesar de todo. Porque Dios no nos abandona. Hay que recordar esto con frecuencia.

Es que no siempre hacemos las cosas bien. A menudo sentimos que somos débiles, que no podemos corregirnos. Parece que estamos llamados a repetir los errores. Confesamos a menudo los mismos pecados. ¿Por qué Dios lo permite? Seguramente, para dejar que ejerzamos nuestra libertad. Para que, cada día, optemos por él. Podemos. Nos lo recuerda San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor 1, 3-9) cuando dice: “no carecen de ningún don, ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 1, 7). Él, que comenzó en nosotros la obra buena, la llevará a término. Su fidelidad no depende de nuestra respuesta, Él es siempre fiel. A pesar de nosotros mismos. Si podemos creer en esto, crecerá nuestra esperanza cristiana. En eso consiste el amor de Dios. Amar a pesar de todo. Y a eso estamos llamados nosotros.

El Evangelio de San Marcos (Mc 13, 33-37), otra vez, nos invita a velar y a estar preparados. Empezamos el Año Litúrgico como lo terminamos. Para que no se nos olvide. De noche, es difícil velar. Lo sabemos bien. Es pesado. Las ganas de dormir son permanentes. Además, de noche, surgen los miedos, la inquietud. Se puede perder hasta la fe. Porque no vemos claro, porque no sabemos dónde ir. Entonces, ¿qué podemos hacer? Hay un remedio para no dormir. Se lo dijo Jesús a sus discípulos en Getsemaní. “Velen y oren” (Mt 26, 41; Mc 14, 38; Lc 22, 40). Es lo que significa vigilar. Orar, hablar con Jesús, en permanente diálogo con Él. Preguntarle, contarle lo que nos pasa, confiarle nuestra vida. Siempre. Eso sí, tenemos que recordar, quizá en este Tiempo de Adviento especialmente, que Dios actúa de un modo discreto y silencioso, pero eficaz. No siempre como nos gustaría, no de forma drástica o exagerada, sino como el fermento en la masa. Todo lleva su tiempo. Y el tiempo de Dios no es nuestro tiempo. Eso también tenemos que recordarlo.

Es que Jesús plantó un germen de vida, en lugar de implantar algo imponente y grandioso ya desde el comienzo. Para ayudar al desarrollo de ese germen de vida, cada uno tenemos una tarea. Dio a cada uno de sus siervos su tarea. Cuando nos bautizaron, por obra y gracia del Espíritu Santo, entramos a formar parte de ese plan de Jesús. Y fue plantada en nuestro corazón nuestra propia semilla. Deja que esa semilla crezca en tu vida. Con la ayuda de Dios crecerá. Él te mantendrá firme hasta el final. Y espera. Todo está en marcha. Trabaja, sin prisa, pero sin pausa, con paciencia, y con alegría. Porque nos preparamos para algo grande.

Queridos hermanos y queridas hermanas: En sintonía con la misma súplica del Salmo 79, “Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”, nos unimos al profeta Isaías, en la Primera Lectura, para exclamar: “Ojalá, rasgaras los cielos y bajaras”. Complementariamente, en los cánticos de Adviento repetimos: “¡Cielos, lluevan su justicia! /¡Ábrete, tierra! / ¡Haz germinar al Salvador!”. La Segunda Lectura, de la Carta a los Corintios, subraya aún más todo lo que deseamos vivir en el Adviento: “esperamos la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo”. Todos los dones los hemos recibido de Él y, en Él, nos mantendremos firmes hasta el final. Sólo tenemos una vocación: participar en la vida misma de Jesucristo. Y, podemos, porque Él es fiel. En el Evangelio, se nos repite: “velen, porque no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”. Se refiere a nuestro encuentro con Dios, en lo que será nuestro Adviento último y definitivo: el paso de esta vida a la eternidad. Mientras todavía peregrinamos, desde lo más hondo de nuestro corazón, supliquemos con el Salmo 79: “Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”. Así se vivirá el Adviento como la mejor preparación a la Navidad. Así sea.

 


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