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MISA CRISMAL. MIERCOLES 1 DE A ABRIL.

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

MISA CRISMAL.

MIÉRCOLES 1 DE ABRIL DE 2026

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

Primera lectura. Del Libro del Profeta Isaías: Is 61, 1-3. 6. 8-9: El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren y derramar sobre ellos el perfume de fiesta.

Salmo Responsorial. Salmo 88, 21-22. 25 y 27: Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Segunda Lectura. Lectura del Libro del Apocalipsis 1, 5-8: Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios Padre.

Aclamación antes del Evangelio. Is 61, 1 (cit. en Lc 4, 18): El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres.

Evangelio. Del San Evangelio según San Lucas 4, 16-21: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Hermanos Sacerdotes:

Hermanos Diáconos Permanentes y Diáconos Transitorios:

Hermanos y hermanas de la Vida Consagrada:

Hermanos Seminaristas:

Hermanos y hermanas Agentes de Pastoral de las Nueve Foranías de nuestra Diócesis de San Andrés Tuxtla:

Hermanos y hermanas que nos acompañan a través de las diferentes Plataformas Digitales que transmiten esta Celebración Eucarística:

Queridos hermanos y queridas hermanas:

La misericordia de Dios nos concede un año más la oportunidad de sentir y celebrar los vínculos que nos unen a esta nuestra amada Diócesis de San Andrés Tuxtla. Un año más celebramos la Misa Crismal, en la que se reúnen los presbíteros con su Obispo en torno al Altar. Hoy recordamos especialmente aquel momento en el que por la imposición de las manos del Obispo y la oración consecratoria, fuimos introducidos en el sacerdocio de Jesucristo. Como siempre que celebramos la Eucaristía, Dios establece con cada uno de nosotros un diálogo personal. Dios entra en comunión con cada uno de nosotros, nos habla «al corazón» y renueva, y renovamos, su Alianza.

Todos nosotros, que muchas veces vivimos cómodamente nuestra fe y los sacerdotes, que podemos hacer de nuestro ministerio un “modus vivendi”, sin riesgos notables tendremos que preguntarnos, este mediodía, qué entraña haber sido redimidos por la sangre de Cristo, “aquel que nos amó, que nos ha librado de nuestros pecados por su sangre”, como hemos escuchado en el Apocalipsis. La sangre que es vida entregada, se repetirá durante toda esta Semana Santa.

Hoy bendecimos los Óleos y consagramos el Crisma, que servirán para ungir a los catecúmenos, para confortar a los enfermos y para conferir el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sagrado. En esta celebración de la Misa Crismal también renovaremos las promesas sacerdotales, nuestra consagración y servicio a Cristo y a la Iglesia.

Hermanos Sacerdotes les invito a tener siempre presente que en nuestras predicaciones podemos repetir hermosas frases teológicas que nos pierdan en envolturas exteriores o que nos hagan creer, que, por apacentar el rebaño del Señor, tenemos un cierto dominio sobre él. Nunca olvidemos que somos siervos inútiles, y que todo se nos ha dado por gracia, por la sangre del Cordero, para que entreguemos la vida y no nos sirvamos, como los desalmados operarios de la viña, para nuestro provecho. A veces el pueblo de Dios se queja de nuestra intransigencia y que nos creemos los dueños de nuestros templos y comunidades, cuando solo somos administradores y como a los administradores del Evangelio se nos exige trabajo, prudencia, justicia y mucha caridad pastoral. Estamos llamados a ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tiene: ya sea espiritual o corporalmente. El mandato de Jesús: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19) considera el Lavatorio de los pies, la Institución de la Eucaristía y el Mandamiento del Amor.

Queridos bautizados, queridos Sacerdotes y Diáconos, cada Misa Crismal, pedimos por todos los que van a servirse durante todo este año de estos Santos Óleos y del Santo Crisma y cada Misa Crismal renovamos nuestra unción. Como dice el Apocalipsis: “Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (Ap 1, 5-6). Nuestra misión es que la comunidad nunca olvide que por la entrega de Cristo todos somos ese reino de sacerdotes. Estas son palabras mayores. Pero que no decaiga nuestra fe y nuestro ánimo, el Señor nos ayudará, porque, como hemos proclamado en el Salmo Responsorial: “Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. El me invocará: Tu eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora” (Sal 88 (89), 25. 27. El Señor nos promete la compañía de su amor y de su fidelidad, y entonces ¿qué más podemos pedir? ¿qué podemos temer? ¿dónde están nuestros miedos? Hoy nos ponemos todos en manos de Dios, él sabe de nuestra fragilidad, de nuestras buenas intenciones que se quedan en polvo del camino, porque muchas veces fracasamos. Confiemos más en Cristo, él es nuestra salvación, incluso cuando no sabemos comprender nuestra vida ni nuestra propia historia.

Hermanos Sacerdotes, Diáconos Permanentes y Diáconos Transitorios, saben muy bien que esta Misa Crismal debía ser la mañana del Jueves Santo, pero por motivos pastorales la celebramos hoy Miércoles Santo. Y aunque muchos no pueden participar, cada vez que celebramos la Eucaristía, resuena el eco de todos los lazos tejidos con la vida de nuestra Comunidad Diocesana. Cuando celebramos la Santa Misa, nunca estamos solos, aunque seamos muy pocos, porque llevamos el polvo de los pies de todos los caminos andados.

Hoy se nos recuerda en el Evangelio de San Lucas que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo para llevar la buena noticia de la Salvación por todo el mundo. En cada Santa Misa la mirada compasiva del Señor Jesús se dirige a los que están como ovejas sin pastor, y fija su mirada en la oveja perdida, o en el hijo que huyó del calor del hogar del Padre, o en aquel que no puede levantarse de la orilla del camino. Los Sacerdotes, como el Buen Samaritano, debemos ser misericordiosos, compasivos, entregados, justos y esperanzados. Los Sacerdotes, que consagramos y partimos el Cuerpo de Cristo para alimentar al pueblo Santo de Dios, debemos de ofrecer nuestra vida en la Comunidad Parroquial o del Seminario o donde prestamos nuestro servicio o a la que hemos sido destinados y que obedientemente nos ha acogido y hemos aceptado, así como colaborar y fomentar la fraternidad entre nosotros. En importante y necesario Hermanos Sacerdotes reunirnos para intercambiar experiencias, rezar juntos, buscar espacios de encuentro y de diálogo, formarnos permanentemente, buscar nuevos caminos de evangelización y acercamiento a los que no están en nuestras comunidades y descansar juntos. Esto no es una estrategia pastoral, sino que es una realidad espiritual que dimana del mismo corazón de Cristo y de la misma Eucaristía.

Jesús eligió a los apóstoles para que estuvieran con Él. No es válido que cada uno esté aislado y trabaje solo por su cuenta. Si lo hacemos así haremos daño a la evangelización de nuestros pueblos. El Señor Jesús quiere ser nuestra principal referencia de comunión.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Sí, Jesucristo fue ungido para ponerse al servicio de los demás, nosotros no podremos dar la vida si no hay entrega desinteresada. Amor con amor se paga. Cuánto tenemos que aprender todos, principalmente nosotros los Sacerdotes, de la misión que se nos ha encomendado por medio del Bautismo y de la Confirmación y además por el Sacramento del Orden.

¿Qué nos ha quedado del perfume de fiesta conque fuimos ungidos el día de nuestra Ordenación Sacerdotal?

¿Quién nos ha engañado si en lugar de servicio exigimos poder?

Queridos Hermanos Sacerdotes: No nos dejemos engañar por el que busca la división entre nosotros, por el que nos pone el señuelo de una hermosa mentira haciéndonos creer que seremos como dioses, mejor dicho, como ídolos, porque bien sabemos nosotros que Nuestro Señor Jesús es la humildad pura, el que nos enseña a servir, el que nos transforma nuestro corazón y nuestra vida si así se lo permitimos y nos dice que el que quiera ser el primero de todos, que sea el esclavo de todos. Pero nosotros: ¿cómo podremos entender esto, que va contra toda realidad humana? Si la Iglesia, que es Madre y Maestra, ha elegido estos textos bíblicos para esta Eucaristía de consagración del Crisma y bendición de los Óleos, algo nos querrá decir a todos nosotros. El óleo de la alegría y el perfume de fiesta deben orientar nuestra vida. Hoy se nos invita a mirar nuestro corazón.

A las personas ungidas se les nota. Que los que conviven con nosotros perciban el aroma de la unción. Cuando alguien dice algo con “unción” las personas que le rodeamos sabemos que está expresando la verdad más íntima. Cuando un sacerdote celebra con unción, predica con unción y vive con unción la gente sencilla lo reconoce como un ungido. Y el buen olor de la unción no necesita de ningún tipo de aditamentos porque todo lo demás sobra. Desde la sencillez, la humildad, el diálogo sincero y abierto, el gozo interior, la palabra de la verdad fluye del corazón y llega al corazón del que la escucha. Y así entregaremos día a día la vida.

Les invito a aprender de San Juan María Vianney, San Rafael Guízar y Valencia, de los Beatos y Santos Mártires Mexicanos de la Resistencia Cristera. Que aprendamos de su humildad y de su entrega, y pidamos su intercesión hoy, en esta celebración de la Misa Crismal, para que renovemos nuestros compromisos sacerdotales, y recobremos el amor primero, si no estaremos malgastando la vida y la gracia. Damos gracias a Dios por el Ministerio Sacerdotal al que hemos sido llamados, a la vez que contemplamos nuestro Ministerio Ordenado mirando cara a cara a Cristo, el Pastor Bueno, que nos precede y nos alienta en nuestra tarea pastoral.

Que la vivencia de nuestro Sacerdocio llene las veinticuatro horas del día, es decir, toda la existencia, como un don total a Dios y a los hermanos, como una ofrenda agradable al Padre; siguiendo el ejemplo de Jesús, que entrega su vida en la cruz para la salvación del mundo, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).


Demos gracias a Dios por nuestra Familia Diocesana de San Andrés Tuxtla y por la Familia de nuestro Presbiterio. Gracias, Hermanos Sacerdotes, por su trabajo pastoral en este tiempo tan difícil como apasionante, gracias por su entrega generosa. Pedimos a la Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol, que nos protejan e intercedan por nuestra Familia Diocesana; que nos ayuden a mantenernos fieles y alegres hasta el final; que nos ayuden a renovar cada día nuestro Ministerio Sacerdotal; que intercedan por todos nosotros para que nos presentemos con Cristo como ofrenda agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, que todo lo eleva, que todo lo perfecciona y que todo lo glorifica. Que así sea.

 
 
 

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