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INSTITUCIÓN DE MINISTROS ACÓLITOS Y RENOVACIÓN DE MINISTROS ACÓLITOS

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DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA


INSTITUCIÓN DE MINISTROS ACÓLITOS

Y RENOVACIÓN DE MINISTROS ACÓLITOS


SÁBADO 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026


HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 35-37. 42-49: Se entierra un cuerpo corruptible y resucita incorruptible.

Salmo Responsorial. Del Salmo 55: Caminaré en la presencia del Señor.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Lc 8, 15: Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.

Evangelio. Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 8, 4-15: Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la palabra, la conservan en un corazón bueno y bien dispuesto, y dan fruto por su constancia.


Pbro. Jesús Correa Mejía, Asesor Diocesano de la Dimensión de los Ministerios Laicales:


Hermanos Sacerdotes que nos acompañan:


Candidatos a recibir el Ministerio del Acolitado y candidatos a renovar el Ministerio del Acolitado:


Familiares de los Candidatos al Ministerio del Acolitado y de los Ministros Acólitos ya instituidos que hoy van a renovar el Ministerio del Acolitado. Gracias por su presencia:


Queridos hermanos y queridas hermanas:


Las preguntas que formula el Apóstol San Pablo, al principio de la Primera Lectura de hoy, seguramente nos la hemos hecho más de una vez nosotros: “¿Cómo resucitan los muertos?”. “¿Qué clase de cuerpo van a tener?”. ¿Cómo será ese cuerpo glorioso tan distinto del terrenal, pues ni siquiera los Apóstoles, ni María Magdalena reconocieron físicamente a Jesús resucitado después de su resurrección?


Estamos llamados a la Vida Eterna, a vivir para siempre junto al Señor. Aquí estamos de paso, somos peregrinos, por eso es necesario que nuestro cuerpo muera para resucitar a una vida nueva, con un cuerpo glorioso, totalmente diferente, un cuerpo cien por ciento espiritual, libre de la contaminación del pecado, completamente santo, en el cual se restaurará la imagen de Dios en nosotros.


El Apóstol San Pablo que estaba bien enterado en esta materia nos deja claro que lo que muere no es igual que lo que resucita y lo hace con un ejemplo muy gráfico: “el grano que se siembra tiene que morir, para que nazca la planta. Lo que se siembra no es la planta que va a brotar, sino solamente la semilla, por ejemplo, de trigo o de cualquier otra cosa. Lo mismo sucede en la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible y resucita incorruptible; se siembra un cuerpo miserable y resucita glorioso; se siembra débil y resucita fuerte; se siembra un cuerpo puramente humano y resucita un cuerpo vivificado por el Espíritu divino. Pues si existe un cuerpo puramente humano, también existe un cuerpo vivificado por el Espíritu”. Pero aun así los creyentes debemos dejar paso al misterio, pues no podemos saberlo todo ni debemos permitir que esta incógnita sea un obstáculo para nuestra fe, sino todo lo contrario, que sea una inyección de esperanza y de alegría, al saber que resucitaremos en cuerpo y alma como Jesucristo y la Virgen María. Seremos los mismos pero transformados.


Todo esto lo expresa muy bien el Prefacio de Difuntos: “La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma; y al deshacer nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.


Así que, queridos hermanos y queridas hermanas, no sólo estemos contentos por nuestra resurrección sino también porque nuestros seres queridos, que hemos perdido en este mundo, los volveremos a ver en el otro mundo, en el Cielo.


En el Evangelio de hoy según San Lucas, Jesús mismo explica el significado de la parábola del sembrador que arroja la semilla y cae en diferentes tipos de terreno. Jesús es el sembrador y la semilla es la Palabra de Dios. Hay algo que no debemos perder de vista y es que la Palabra de Dios es semilla fecunda, capaz de germinar y de dar frutos de vida eterna. Así que, si no hay cosecha, el problema no es de la semilla, no es de la Palabra de Dios, sino de la tierra donde cae esta semilla. Así que en este sentido la parábola es muy clara mostrando los cuatro tipos de tierra diferentes.


Ante el mensaje de la Palabra de Dios, vemos en estas cuatro reacciones la libertad del hombre frente a la gracia de Dios. El Señor nunca nos va a violentar para que acojamos su Palabra, Él siempre respetará nuestra libertad, pero eso sí, nunca se cansará de sembrar, de hecho, vemos claramente cómo Jesús siembra a voleo, es decir esparce la semilla sobre el terreno sin necesidad de abrir surcos o hileras. Él siembra generosamente aun sabiendo que algo se va a perder, pero también sabe y tiene esperanza de que habrá una gran cosecha y con perseverancia habrá mucho fruto.


Queridos hermanos y queridas hermanas: Esta parábola del sembrador nos muestra una vez más la generosidad y la misericordia del Señor, pues Dios no niega su Palabra a nadie, ni a los pecadores, ni a la gente superficial a la que le es indiferente la Palabra de Dios, ni a los que están inmersos en los placeres y riquezas de este mundo, olvidándose de su Creador. La realidad que vivimos cada día es que en nuestra libertad podemos cerrarnos a la Palabra de Dios y rechazarla, pero no por esto la semilla tendrá menos eficacia porque siempre habrá tierra buena que la reciba, es decir, siempre habrá corazones generosos y abiertos a la Palabra de Dios que den mucho fruto y todo para gloria de Dios. Miremos en nuestro interior y preguntémonos qué clase de terreno somos y si verdaderamente estamos asumiendo en nuestra vida la Palabra de Dios para que dé fruto, al ciento por uno, como nos dice el evangelista San Lucas.



Hoy 19 de septiembre de 2026 en esta Santa Iglesia Catedral de San José y San Andrés Apóstol se realizará la Institución del Ministerio del Acolitado y la Renovación del Ministerio del Acolitado a laicos de las Tres Zonas Pastorales de nuestra Diócesis de San Andrés Tuxtla. Los hermanos que van a ser instituidos Ministros Acólitos se desempeñaron como Ministros Lectores durante un tiempo conveniente en sus respectivas Parroquias.


Cuando el ministerio tiene su origen en el Orden Sacerdotal, hablamos de los ministerios ordenados del Obispo, Presbítero y Diácono. Cuando el ministerio se confía, por un acto litúrgico del Obispo, a quien se le reconoce un carisma específico, después de completada su Iniciación Cristiana y una adecuada preparación, se habla entonces de Ministerio Instituido.


El Ministerio Instituido se puede, a su vez, recibir en el camino de la formación diaconal y sacerdotal o como un servicio estable a la comunidad desde la condición de fiel cristiano laico. En ambos casos, los Ministerios Instituidos están enraizados en el Sacramento del Bautismo y de la Confirmación. Quienes reciben un Ministerio Instituido, ya sea de cara a la ordenación, ya sea de cara al servicio estable de la comunidad como cristiano fiel, deben comprender “que participan de un ministerio compartido con otros bautizados, hombres y mujeres. Así, el sacerdocio propio de cada fiel y el sacerdocio de los ministros ordenados se mostrarán aún más claramente ordenados entre sí (cfr. LG, n. 10), para la edificación de la Iglesia y para el testimonio del Evangelio”. “El “sacerdocio bautismal” y el “servicio a la comunidad” representan los dos pilares en los que se basa la institución de los ministerios” .


Los seminaristas reciben los ministerios instituidos del lectorado y acolitado como creciente preparación y configuración al ministerio ordenado.  También los candidatos al diaconado permanente reciben los ministerios del lectorado y del acolitado una vez recibida la admisión al orden del diaconado, “para prepararse mejor a las futuras funciones de la Palabra y del altar”. Por su parte, los fieles reciben los ministerios instituidos o laicales como una misión estable de servicio a la comunidad. Los servicios realizados en el cumplimiento de esta misión son verdaderos ministerios, pues son reconocidos públicamente por la Iglesia y se ponen a disposición de la comunidad de forma estable; son verdaderamente laicales, porque tienen su origen en la condición sacerdotal, profética y regia de todo bautizado (cfr. 1 Pe 2, 9); y son, en fin, Instituidos porque los confiere el Obispo, o un sacerdote delegado por Obispo, mediante un rito litúrgico propio. Cuatro son, por tanto, las notas que distinguen el ministerio laical instituido:

el reconocimiento público de la Iglesia,

la estabilidad,

el origen bautismal

y el mandato del Obispo que lo confiere.


Los Ministerios Instituidos no agotan las tareas que los miembros del pueblo de Dios, en virtud de su Bautismo, pueden ejercer. “Muchos otros servicios u oficios eclesiales son ejercidos de hecho por tantos miembros de la comunidad, para el bien de la Iglesia, a menudo durante un largo período y con gran eficacia, sin que esté previsto ningún rito particular para conferir el oficio”. Además, algunas de las tareas confiadas a los ministros instituidos de lector, acólito o catequista, pueden ser ejercidas de manera temporal por fieles no ordenados sin necesidad de que sean ministros instituidos. Recibir, sin embargo, un ministerio instituido implica, además de ejercer unas tareas que otros también pueden realizar, asumir una responsabilidad eclesial de servicio propia que conllevará funciones de coordinación y formación de otros fieles que realizan tareas sin ser ministros instituidos.


Los Ministerios Laicales Instituidos no son ministerios de sustitución sino de colaboración, es decir, no se confieren los ministerios a laicos o personas consagradas para sustituir a los ministros ordenados sino para colaborar con ellos. “Precisamente porque se trata de tareas íntimamente relacionadas con los deberes de los pastores —que para ser tales deben ser marcados con el Sacramento del Orden— se exige, de parte de todos aquellos que en cualquier modo están implicados, una particular atención para que se salvaguarden bien, sea la naturaleza y la misión del sagrado ministerio, sea la vocación y la índole secular de los fieles laicos. Colaborar no significa, en efecto, sustituir”. Decía San Juan Pablo II: “No podemos hacer crecer la comunión y unidad de la Iglesia ni clericalizando a los fieles laicos ni laicizando a los presbíteros”. El sacerdote y el laico deben vivir según su vocación y su misión en la Iglesia y en el mundo. Sin embargo, cuando no haya ministros ordenados y las necesidades de la Iglesia lo aconsejen, “pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la Sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho”.


Los fieles no ordenados, personas consagradas o seglares, podrán recibir la denominación de “ministros extraordinarios” solo si y cuando son llamados por la autoridad competente a cumplir, en función de suplencia, los encargos a los que se refiere el Derecho.


Se debe formar a todos los fieles sobre la naturaleza de los Ministerios Instituidos y su relación con el ministerio ordenado. Especialmente, en los casos en que los Ministros Instituidos vayan a ejercer su ministerio enviados por el Obispo a lugares que no cuentan con la presencia estable del Presbítero para la celebración de la Eucaristía o para la dirección de los procesos catequéticos, es preciso educar a los fieles para que no vean en determinados servicios un sustituto del Presbítero, sino un fiel laico que, viviendo su Bautismo, en colaboración y corresponsabilidad con los ministros ordenados, pueden desempeñar algunas funciones litúrgicas o catequéticas al servicio de la comunidad cristiana.

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Es tarea del Obispo diocesano discernir sobre la llamada a los ministerios instituidos valorando las necesidades de la comunidad y las capacidades de los candidatos. Pueden ser admitidos como candidatos a un ministerio instituido hombres y mujeres que hayan recibido los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, se encuentren en situación canónica regular, hayan sido propuestos por el Párroco o un ministro ordenado responsable del cuidado pastoral de una comunidad eclesial —parroquia, asociación de fieles, movimiento, etc.— y posean, al menos, las siguientes cualidades:


a) Ser dóciles para dejarse acompañar por la Iglesia en el discernimiento de su vocación a recibir y ejercer un ministerio instituido.


b) Poseer una “edad conveniente y dotes peculiares” como la madurez humana, equilibrio psíquico y emocional, responsabilidad en el cumplimiento de las obligaciones propias de su estado eclesial, capacidad para el trabajo en común, disponibilidad pronta para el servicio, además de contar con la formación y cualidades propias para ejercer un ministerio concreto. Para ello, es fundamental que tengan experiencia previa en el ámbito pastoral del ministerio que van a ejercer. “Los candidatos al ministerio instituido deben tener una madura experiencia previa de catequesis”, experiencia en la proclamación de la Palabra, en el servicio del altar y en la acción catequética.


c) Tenar una “firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano”. Los candidatos han de ser personas de oración, que frecuentan los Sacramentos, aspiran a la santidad, gozan de buena fama entre los fieles, colaboran activamente en la comunidad eclesial, destacan por su compromiso de caridad y viven en filial comunión con la Iglesia, a cuya enseñanza y disciplina se adhieren sincera y cordialmente.


(Pasar al frente los candidatos a ser Instituidos Ministros Acólitos)


Queridos hijos que han sido presentados como candidatos para ser Instituidos en el Ministerio de Acólitos: La recepción del Acolitado implica una participación más profunda en el misterio de Cristo que se entrega y está presente en la Eucaristía, en la asamblea y en el hermano. Este Ministerio debe ejercerse no solo en el ámbito litúrgico, sino en la dimensión pastoral dentro de la propia Comunidad Parroquial.


Hemos escuchado al Señor Jesús en el Evangelio que nos invita a mirarnos como terreno: ¿Qué tipo de tierra somos? A veces somos camino endurecido, donde la Palabra ni siquiera entra. Otras veces somos piedra: en donde surge un entusiasmo superficial que se apaga rápido. En ocasiones somos espinas: pues dejamos que las preocupaciones y el apego a lo material ahoguen la semilla de la Palabra de Dios. Pero Dios sueña que seamos tierra buena, que escuchemos su Palabra con corazón abierto y la convirtamos en fruto abundante de fe, amor y obras. El mensaje del Señor Jesús es claro: no basta escuchar, hay que guardar y meditar en el corazón, perseverar y dar frutos de esperanza.


Que nuestra misma vida sea manifestación de Jesucristo, nuestro Salvador. Que la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol con su intercesión y con su ejemplo nos ayuden a todos nosotros para que demos testimonio de ser hijos de Dios en Comunión, Participación y en Sinodalidad. Que así sea.

 
 
 

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