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MENSAJE INAUGURAL 115a ASAMBLEA PLENARIA

MENSAJE INAUGURAL 115a ASAMBLEA PLENARIA

MONS. ROGELIO CABRERA LÓPEZ, ARZOBISPO DE MONTERREY PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO 13 DE NOVIEMBRE DE 2023

“Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se turben ni tengan miedo!” Juan 14,27


“Porque Cristo es nuestra paz, Él hizo de ambos pueblos uno solo al derribar el muro de enemistad que los separaba gracias a su condición humana, haciendo también inoperante la Ley con sus mandamientos y requisitos legales. De este modo restableció en sí mismo la paz, y de los dos pueblos creó una sola y nueva humanidad, reconciliándonos con Dios en un solo cuerpo mediante la cruz, y así puso fin en sí mismo a la enemistad. Él vino a anunciar la paz a quienes estaban lejos y también a los que estaban cerca, porque, por medio de Él, unos

y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu”.


Efesios 2, 14-18


OBISPOS DE MÉXICO, PROMOTORES DE SINODALIDAD:

EN COMUNIÓN, PARA LA MISIÓN, CON LA PARTICIPACIÓN DE TODOS


Muy estimados hermanos obispos:

Hace unos meses estábamos aquí reunidos en Asamblea, reconociendo la “atmósfera de desconcierto e incertidumbre, y de diferentes brotes de violencia en muchos ámbitos de nuestro país”. Las últimas semanas nos han mostrado otras realidades dolorosas: por un lado, nuestros hermanos de Guerrero, sufriendo ante la devastación provocada por el huracán Otis y por una serie de situaciones que ensombrecen nuestra naturaleza humana, al dificultarse el apoyo y la solidaridad; y por otro lado el conflicto en Medio Oriente, un flagelo que no es reciente y tiene ahora un nuevo episodio en su triste historia, y la guerra civil en Sudán, que junto con las otras luchas armadas que ya conocíamos hacen casi evidente una Tercera Guerra Mundial “a pedazos”, como lo ha afirmado el Santo Padre.

Gracias a Dios, hemos tenido también en los últimos meses acontecimientos nacionales que iluminan estas sombras: el Diálogo Nacional por la Paz con su Agenda, la visita Ad limina, la primera sesión de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de la sinodalidad en Roma, que ha marcado un hito en la historia de nuestra Iglesia por la nutrida participación de laicos y mujeres con derecho a voz y voto; la consolidación en nuestras diócesis del Proyecto Global de Pastoral, a cinco años de haberlo presentado y, aunque nos duele profundamente cada vida humana perdida como también sucedió en Tampico, admiramos la generosidad de tantas personas e instituciones, con Cáritas a la cabeza, que han hecho todo lo posible para ayudar a los damnificados y a las víctimas de la violencia que padecemos.


1. Obispos artesanos de paz.

En este contexto, caminando juntos y con la mirada puesta en Jesús, tanto el Evangelio de San Juan como la Carta de San Pablo a los Efesios nos iluminan. El evangelista nos recuerda la llamada de Jesús a la esperanza, a no tener miedo, pero también nos recuerda que la paz que Él nos ofrece no es como la paz barata que muchas veces se busca. No buscamos una paz, como tantas veces lo hemos comentado, que se exprese solo con la ausencia de conflictos, sino que debe estar cimentada en la justicia, la verdad y el amor.

Estos cimientos, estos valores del Reino de Dios, adquieren su máxima expresión en la persona de Jesucristo, “porque para nosotros los creyentes la paz es una Persona, es el Don de amor de Dios por excelencia” (PGP 174). Así lo ilustra San Pablo, al presentarlo como quien derriba las enemistades, supera leyes y reglamentos, restablece en sí mismo los anhelos de paz, crea un solo pueblo de dos que están divididos, nos reconcilia con su Padre a través de la cruz, y anuncia la paz sin distinciones.

Esta paz, entonces, es al mismo tiempo un don de Dios y nuestra tarea como pastores: debemos valorarla, protegerla y cuidar las condiciones que la generan, siendo, no solo sus promotores, sino sus artesanos con nuestra palabra y nuestras obras. Por eso, ceder ante la insistencia de algunos que nos quisieran ver más combativos y frontales contra las autoridades civiles y con una actitud pendenciera, me parece irresponsable, pues debemos ser valientes y al mismo tiempo inteligentes y prudentes.

Y más aún porque, en medio de la postpandemia y con brotes de violencia en diversas partes de nuestro país, nos preparamos para un momento clave: las elecciones del año próximo. Recordemos la necesidad de respetar las leyes electorales, y transmitamos esta necesidad a nuestros presbiterios. Invitemos a nuestros fieles a participar, de manera muy responsable. Votar no es la única cara de la democracia, pero es fundamental para construirla y consolidarla


2. Obispos promotores de sinodalidad.

Teniendo en cuenta el objetivo general de esta Asamblea, “caminar juntos con espíritu sinodal, como pastores y como pueblo de Dios, motivados por los procesos pastorales y acontecimientos eclesiales en México y la Iglesia Universal, comprometidos con la construcción artesanal de paz y las causas sociales, a la luz de los cinco años de nuestro Proyecto Global Pastoral”, les propongo una vez más, hacer nuestros los conceptos base del Sínodo: comunión, misión y participación, que nos preparen para enfrentar los retos del año próximo.


a. En comunión.

Seamos impulsores de la comunión eclesial, viviendo nuestra colegialidad de manera afectiva y efectiva y, haciendo nuestras las palabras de Benedicto XVI, asumiendo una nueva apologética que no se base en la confrontación, sino en la centralidad kerigmática del Reino de Dios (cfr. Verbum Domini 93). La comunión entre nosotros y con el Papa Francisco debe ser evidente ante la comunidad, en especial en estos tiempos en que Su Santidad toma decisiones importantes que pueden no ser populares, como relevar del cargo al obispo Strickland y la modificación de algunas costumbres en nuestra práctica canónica y moral.


b. Para la misión.

Fomentemos la misión como una vocación de todos, llevando esperanza en medio de la conflictividad local y global, y repitiendo sin cansarnos el bellísimo texto de Aparecida, joya kerigmática de nuestro Magisterio Latinoamericano: “urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente” (DAp 548).


c. Con la participación de todos.

Favorezcamos la participación de todos los fieles que sirven y asisten a nuestras comunidades, privilegiando a las mujeres, a los ancianos, jóvenes y niños. Caminando juntos, como Pueblo de Dios, escuchando los aportes de quienes no se sienten tomados en cuenta: migrantes, mujeres, indigentes, presos y tantos otros hermanos y hermanas que tienen mucho que decirnos.


3. Obispos con el gusto espiritual de ser parte del pueblo.

Tenemos una gran tarea por delante y, gracias a Dios, buscaremos abonar a ella con acciones concretas en los próximos meses: la vivencia del II Encuentro Eclesial de México que ha empezado ya en algunas diócesis a través de encuentros de diálogo; el compromiso de atender transversalmente nuestras emergencias pastorales; continuar con la implementación de nuestro PGP que orienta, ilumina y da rumbo a nuestra acción pastoral; impulsar la Novena Intercontinental Guadalupana como alimento espiritual, y seguir acompañando desde nuestras diócesis el camino del Sínodo de la sinodalidad.

En prospectiva, aparecen en el horizonte del largo plazo fechas significativas: pues falta un año para celebrar el Jubileo de la Encarnación en 2025, ocho años para el 2031 y 10 para el 2033, sin por eso olvidar el compromiso que tenemos ante el año electoral en el corto plazo, cuyo desenlace será clave en la reconstrucción del tejido social y eclesial de nuestro país en el futuro inmediato.

Por eso, espero que el espíritu y el estilo sinodal, con sus buenas prácticas y metodologías, vaya permeando nuestras reuniones diocesanas, nacionales, y por supuesto las que son solo episcopales a distintos niveles, desde esta Asamblea, hasta los Consejos de Presidencia y Permanente, pasando por las reuniones de Provincia donde como obispos nos encontramos. Los invito a que procuraremos aún más el discernimiento personal y comunitario, la escucha activa y atenta, así como el diálogo cercano y sincero. Que nuestra colegialidad sea fermento de sinodalidad, viviendo la eclesialidad que nos da el ser miembros de un solo Pueblo.


4. Obispos promotores de sinodalidad.

Propongo, como ya lo he hecho en otras ocasiones, que la sinodalidad sea la via pacis, en su versión secular, que nuestros laicos la asuman como propia, que la transmitamos a candidatos, candidatas y partidos, que sigamos las directrices que al respecto ha trazado el Papa Francisco. La sinodalidad no es sólo tarea eclesial sino desafío para toda la sociedad. Es lo que he llamado la sinodalidad política, en tres vertientes: la sinfonía, la simpatía y la sinergia políticas1.

1 Rogelio CABRERA LÓPEZ, Pastor con Olor a Ciudad. Cartas, Instrucciones y Cuadernos Pastorales, PPC, México 2021, pp. 283ss.


3

La sinfonía política, con su multiplicidad de voces nos lleva a escuchar todas las opiniones, no solo aquellas de las personas que piensan como nosotros, que tienen nuestros mismos intereses. Además, reconoce la verdad que hay en otras posiciones ideológicas y busca enriquecerse con ellas para pensar juntos.

En segundo lugar, la simpatía política no se entiende como el natural impulso que tenemos de reunirnos con las personas que nos caen bien, o cuyo trato nos resulta agradable. Ella se caracteriza, más bien, por la solidaridad, la sensibilidad, en especial hacia quien sufre, y la amabilidad para sentir juntos.

Por último, la sinergia política la entiendo como el conjunto de acciones que nos permiten impactar en el bien común. Los gobernantes no pueden trabajar solamente con quienes son sus simpatizantes o en beneficio de paisanos y militantes del mismo partido. Es por ello por lo que el Papa Francisco nos ha invitado a construir en común, utilizando el diálogo social (cfr. FT 203) para trabajar juntos.

La sinodalidad política, entonces, nos llevará a tratar de pensar, de sentir y de trabajar juntos, enriqueciéndonos con nuestras diferencias. Más aún, cualquier política que quiera ser sinodal deberá estar muy atenta a esas diferencias, favoreciendo contrapesos y no bloqueándolos, incluyendo y no excluyendo, y estando atentos a la glocalidad, es decir, a pensar globalmente actuando localmente, como lo hemos ido aprendiendo y practicando con nuestro PGP. No podemos encerrarnos en nuestras fronteras ni solo en nuestras certezas. Debemos abrirnos a otros planteamientos para enriquecer los nuestros.

Hermanos obispos, hagamos nuestras las palabras del Informe de Síntesis de la primera sesión de la reciente Asamblea Sinodal: “El obispo tiene un papel insustituible en la iniciación y animación del proceso sinodal en la Iglesia local, promoviendo la circularidad entre ‘todos, algunos y uno’. El ministerio episcopal (el uno) potencia la participación de ‘todos’ los fieles, gracias a la contribución de ‘algunos’ que se implican más directamente en los procesos de discernimiento y decisión (órganos de participación y gobierno). La convicción con la que el obispo asume la perspectiva sinodal y el estilo con el que ejerce la autoridad influyen decisivamente en la participación de sacerdotes y diáconos, laicos y laicas, consagrados y consagradas. Para todos, el obispo está llamado a ser ejemplo de sinodalidad”.

Que Nuestra Señora de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, nos ayude a seguir siendo obispos compasivos y testigos de la Redención, construyendo la “casita sagrada” que tanta falta nos hace.


+ Rogelio Cabrera López Arzobispo de Monterrey Presidente de la CEM

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