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LA SANTÍSIMA TRINIDAD. REFLEXIÓN DOMINICAL. MONSEÑOR JOSÉ LUIS CANTO SOSA

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ


 

MISA DE LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

DOMINGO 26 DE MAYO DE 2024

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

 

Primera Lectura. Del Libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40: El Señor es el Dios del cielo y de la tierra, y no hay otro.

Salmo Responsorial.  Del Salmo 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22: R. Dichoso el pueblo escogido por Dios.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 14-17: Ustedes han recibido un espíritu de hijos en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Ap 1, 8: R. Aleluya, aleluya. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20: Bauticen a las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

Estamos en el Tiempo Ordinario, pero la Liturgia no nos da descanso. El lunes pasado, celebramos la Memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Y hoy, la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

 

Meditar acerca de la Santísima Trinidad significa intentar comprender cómo es nuestro Dios. Sabemos que a Dios no podemos verlo, pero eso no significa que no se manifieste. Cristo ha sido la manifestación definitiva de Dios. Él es el rostro del Padre. Y en sus palabras, en sus gestos, podemos ver como actúa, como es Dios. Por ejemplo, si nos fijamos en sus predicaciones. Cuando nos recuerda que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace que llueva para los justos y para los pecadores (Mt 5, 45), o cuando declara si ustedes, que no son un prodigio de bondad, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre del cielo dará cosas buenas a los que se lo piden! (Mt 7, 11). También las parábolas nos dan a conocer el profundo amor que Dios tiene por cada ser humano, como lo muestra la parábola de la oveja perdida (cfr. Mt 18, 12-14), la parábola sobre la moneda perdida (cfr. Lc 15, 8-10) o la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso (cfr. Lc 15, 11-32).

 

En la vida de Jesús también hay gestos que nos manifiestan la forma de ser de su Padre. Como cuando se acerca al publicano Mateo (cfr. Mt 9, 9-13), a la mujer samaritana (cfr. Jn 4, 1-26) o Zaqueo (cfr. Lc 19, 1-10). El pedir a los discípulos que “dejen que los niños se acerquen a mí” (Mt 19, 14), los milagros, tanto las sanaciones como las resurrecciones de la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím y la de Lázaro y, finalmente, su muerte en la cruz, como culmen de su vida entregada y cercana.

 

De la cercanía de Dios a su pueblo nos habla la Primera Lectura (Dt 4, 32-34. 39-40). El pueblo de Israel, en el destierro, se pregunta por qué han llegado a esa situación, si eran el pueblo elegido. Están deprimidos, desorientados, y unas palabras de aliento no vienen mal. Lo que nos cuenta el autor del Deuteronomio es que nuestro Dios no es como los “dioses” de Grecia o de Roma, que vivían en las alturas y se divertían viendo como los hombres, seres inferiores, sufrían y morían, incapaces de alcanzar ese cielo ansiado. El Dios de Israel es un Dios cercano, que siempre está presente en la historia, que da segundas y terceras y cuartas oportunidades, y las que haga falta y muestra cómo remediar los errores que, muy a menudo, cometían los israelitas fieles. Por eso, no debían perder la alegría, porque no hay nada tan terrible que no pueda perdonarse. Ese Dios, Uno y Trino, que es comunidad, que es diálogo, Él mismo busca a su pueblo, lo ayuda a salir de Egipto, lo lleva a la Tierra Prometida, y promete habitar en medio de ellos. Pero no solo eso.

 

En la Segunda Lectura el Apóstol Pablo nos dice: “Ustedes han recibido un espíritu de hijos en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios” (Rom 8, 15). Dios es nuestro Padre. Y, como hijos de Dios, tenemos acceso a una herencia de vida eterna. Somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con Él para ser también con Él glorificados” (Rom 8, 17). Casi nada. Hay que dejarse llevar por ese Espíritu, para estar en la sintonía de Dios.

 

A los Discípulos les costó sintonizar con ese espíritu de Dios.  Al ver a Jesús, algunos vacilaban. Pero a todos el Señor les dice que tienen una misión, la misión de continuar su obra como nos presenta el Evangelio de San Mateo (Mt 28, 16-20). Y esa misión se debe concretar en una serie de acciones, con el poder en el cielo y en la tierra del mismo Jesús. La petición de Jesús es especial: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; esta es la primera parte. El Papa Francisco nos habla a menudo de la Iglesia en salida. No hace falta esperar a que los demás vengan a nosotros. Somos nosotros los que debemos ponernos en marcha. Movidos por el Espíritu de Dios, hay que hablar del amor que Él nos tiene. Para que todos sepan que son hijos del mismo Dios.

 

El segundo momento es “y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. Es decir: hacer discípulos de todos los pueblos.  La Carta a los Romanos nos dice que “todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!” (Rom 10, 13-15). Jesús nos invita a ser mensajeros de pies hermosos que llevemos el mensaje de la salvación a todos.

 

El Evangelio de hoy dice que Jesús envía a bautizar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Bautismo es la forma que tenemos de incorporarnos a la vida de Dios, de participar en la relación de amor el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Es la manera de sentirnos felices.

 

Jesús añade a los que envía: “enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. Obra de misericordia sigue siendo enseñar al que no sabe. Aquí, se trata de cumplir primero con lo que Dios nos pide, para que, predicando con el ejemplo y con las palabras, seamos testigos de la nueva vida del Reino.

 

Hay un guía interior para poder llevar a cabo esa tarea: el Espíritu de Dios. Cuando nos sentimos débiles, cuando no entendemos, Él nos lleva a la verdad plena. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones, para que sepamos mirar a Jesús y ver al Padre; para que sepamos acercarnos con confianza a nuestro Abba. Éste es nuestro Dios, y esto es lo que nos pide. Un Dios discreto, que no se impone; un Dios que da señales de vida, para que lo encuentre el que lo busca, y que se manifiesta en Jesús. En este Dios creemos, al que confiamos nuestra vida, y el que confesamos cuando expresamos nuestra profesión de fe en el Credo.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas: El Salmo Responsorial (Salmo 32) nos recuerda que es dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. Nosotros somos esa heredad. Nosotros somos dichosos. Que no se nos olvide, pues, ser felices. Que la palabra de Dios y la Eucaristía sean los principales alimentos en nuestra vida cristiana. Que participemos alegremente en el Año Jubilar Eucarístico que comenzaremos el próximo 30 de mayo, Jueves de Corpus Christi en nuestra Diócesis de San Andrés Tuxtla. Que así sea.

 

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