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HOMILIA 21 DE ENERO



DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

(III DEL TIEMPO ORDINARIO)

21 de enero de 2024

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOS

 

PRIMERA LECTURA Del Libro del Profeta Jonás 3, 1-5. 10: Los habitantes de Nínive se arrepintieron de su mala conducta.]

Salmo Responsorial. Del Salmo Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9: R. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 7, 29-31: Este mundo que vemos es pasajero.

Aclamación antes del Evangelio. Mc 1, 15 : R. Aleluya, aleluya. El Reino de Dios está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Marcos 1, 14-20: Arrepiéntanse y crean en el Evangelio. 

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

En este Domingo III del Tiempo Ordinario la Iglesia católica celebra el Domingo de la Palabra de Dios. Es un Domingo dedicado a la celebración, reflexión y difusión de la Palabra de Dios. Abramos nuestra mente y nuestro corazón para acoger la Palabra de Dios, que es: “Lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero” (Sal 118, 105). Dios, a través de su  Palabra hecha carne, desea revelarse y habitar en nuestra existencia, pues frente a escenarios tan deplorables como la guerra, el materialismo, la deshumanización, la violencia, la degradación y la pérdida del valor de la vida humana, no es raro que experimentemos insatisfacciones a nivel personal y social. Tampoco es extraño que muchos deseemos verdaderos y auténticos “cambios”. En diferentes ámbitos se suele hablar de “cambio”. Pero, por desgracia se trata sólo de retóricas vanas, huecas y falsas promesas. Como tantos otros, el término “cambiar” se ha desgastado hasta convertirse en eslogan carente de sentido y contenido. La mayoría de las veces los supuestos cambios se enfocan sólo a lo exterior y no llega a las motivaciones más profundas de la persona y de la sociedad. Son maquillajes en los que importa la apariencia externa y las impresiones engañosas, incapaces de llegar al interior. A todas las personas de cualquier tiempo y lugar, no sólo a los que estuvieron físicamente cerca de Jesús, al inicio de su ministerio en Galilea, hoy se nos ofrece un anuncio trascendente y siempre vigente. En el Evangelio de San Marcos (Mc 1, 14-20), con unas cuantas palabras, el Señor nos mete de lleno en la dinámica de un cambio real, absoluto, radical y profundo: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. En esos pocos términos se encierra la dinámica de la salvación, que el Señor ofrece a las personas de todos los tiempos y lugares. Sin más explicaciones, de manera contundente y casi lapidaria, desde la región de Galilea, Jesús proclama la Palabra que sí es capaz de cambiar y transformar la existencia: el “Evangelio” que anuncia la intervención decisiva de Dios en la historia humana viene a cambiar y a reorientar todo y a generar una realidad totalmente nueva y diferente para los seres humanos.

 

Los plazos se han cumplido y el “reinado” de Dios se está acercando. Es preciso aceptar su soberanía, por medio de la fe y la conversión. Sólo a través de ellas se puede participar de él. Aceptar la soberanía divina exige despojarnos de intereses mezquinos que nos llevan a buscar no el reino de Dios, sino un reino a nuestro modo y estilo. El reinado de Dios nada tiene que ver con sistemas políticos, económicos o ideológicos. Tampoco se trata de prácticas superficiales o aparentes. El reinado de Dios exige la conversión del corazón, para poner a Dios en el centro de la vida. Fe y conversión van unidas como nos transmite el libro del profeta Jonás (Jon 3, 1-5.10), en la Primera Lectura, cuando narra que los ninivitas se convirtieron porque creyeron en la predicación de Jonás, y esto les implicó el cambio en su modo de actuar.

 

Jesús ha venido a ofrecernos una nueva visión del ser humano, desde el proyecto de salvación de Dios. Él sitúa la verdadera felicidad en el amor del Padre, que sólo podemos experimentar si aceptamos la comunión con él, mediante la conversión profunda, radical y genuina. Ésta sólo puede acontecer a través de un encuentro directo y personal con Jesús, mediante su Palabra renovadora y transformadora. A partir del encuentro con Jesús que lo cambió radicalmente, Pablo de Tarso encontró el verdadero sentido de su vida. Por eso puede afirmar que la nueva condición en Cristo, es capaz de dimensionar todo de una forma distinta en este mundo pasajero, y cimentar la vida y existencia cristianas como “nueva creación”. Ésta es la naturaleza del cambio genuino que pide Jesús desde Galilea. San Pablo, cuya conversión estamos por celebrar, experimentó la acción de Dios que “creó de nuevo” su existencia. Desde esa nueva realidad “recreada” revalora y dimensiona todo. Sabe que los creyentes estamos insertos en realidades con esquemas sociales, políticos y económicos determinados culturalmente, que chocan con la visión cristiana recreadora de vida. Pero también sabe que el cristiano cultiva nuevos proyectos de vida, con libertad suprema en el Espíritu, para atreverse a vivir de modo radicalmente distinto, pues en él todo ha sido transformado.

 

En la Segunda Lectura (1 Cor 7, 29-31) el Apóstol Pablo dice “conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no compraran”, San Pablo no llama a simular o fingir, sino a testimoniar que la existencia cristiana posee un sentido totalmente nuevo, en virtud de la fuerza transformadora de la Palabra de Dios y de la acción de su Espíritu Santo, por el que se puede abrazar el Reino e imprimir un significado nuevo y distinto a todo. El cambio genuino acontece desde la comunión con Dios y con el prójimo, porque desde allí la humanidad es transformada y regida por la verdad, la justicia, la santidad, la paz y el amor. Entonces se hace realidad el ideal del “cielo nuevo y la tierra nueva”, anhelado por los profetas y que Jesús ha hecho posible. Es preciso testimoniar que hemos sido transformados por el poder de la Palabra y del Espíritu y que somos “nueva creación”.

 

El participar en el Reino de Dios es gratuidad que nos ofrece Jesús, pero que nos exige también cambio del corazón. Por eso, al mismo tiempo que proclama la cercanía del Reino, él mismo llama a la conversión y a la fe. Para creer es preciso cambiar la mente. No bastan maquillajes superficiales, ni cambio de simples formas externas, hay que dejar el “hombre viejo” para ser “hombre nuevo”, es decir, hay que poseer una nueva manera de ser y existir. No habrá conversión si seguimos conviviendo con la maldad, la injusticia, la infidelidad y si sigue habiendo complicidad con el pecado y sus estructuras. La nueva condición generada por la fuerza transformadora de la Palabra de Jesús y por la acción de su Espíritu, requiere que dejemos nuestras zonas de confort, para incendiarnos con el fuego de la Palabra, vaciarnos de nuestros deseos mundanos para llenarnos de Dios.

 

En este Domingo de la Palabra de Dios, dejémonos transformar por el poder del anuncio que nos llega desde Galilea, para que, bajo el impulso del Espíritu Santo, vivamos la dinámica de la conversión y testimoniemos que esa “nueva creación de Dios” ya acontece en nuestra existencia. Así sea por intercesión de Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol.

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