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HOMILIA 17 DE DICIEMBRE



DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

DOMINGO III TIEMPO DE ADVIENTO CICLO B

17 de diciembre de 2023

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

 

Antífona de Entrada. Flp 4, 4.5: Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca.

Primera Lectura. Del Libro del Profeta Isaías 61, 1-2. 10-11: Me alegro en el Señor con toda el alma. 

Salmo Responsorial. Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54: R. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5, 16-24: El apóstol Pablo exhorta exhorta a la alegría, a la oración y a la acción de gracias.

Aclamación antes del Evangelio. Is 61, 1: R. Aleluya, aleluya. El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio de San Juan 1, 6-8. 19-28: Con su forma de actuar el Bautista compendia en sí mismo lo que antes habían enseñado la ley y los profetas.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

El Domingo III del Tiempo de Adviento se caracteriza por un llamado especial a la alegría, por eso también es conocido como “gaudete” (gócense). Si bien, la preparación para la venida del Señor implica decisión, esfuerzo espiritual y compromiso, sin embargo no es una espera triste. Al contrario, se trata una espera gozosa, como la de quien aguarda ilusionado el regreso de un ser querido, después de un largo tiempo de ausencia. La atmósfera espiritual del Adviento acentúa la alegría que genera la presencia de Dios en la vida de las personas, pero que también exige fidelidad a Él.

 

El Profeta Isaías (Is 61, 1-2. 10-11) y San Pablo (1 Tes 5, 16-24) acentúan la invitación a vivir alegres, con motivos inspirados en la fe y que llenan de gozo la vida del creyente. El Evangelio (Lc 1, 6-8. 19-28) por su parte acentúa el llamado del Bautista a preparar, en actitud de conversión, la llegada del Mesías. La genuina conversión desemboca siempre en abundante paz y enorme gozo.

 

Unos cinco siglos antes de Cristo, en el contexto del regreso del exilio, Isaías presenta su vocación y misión. Invita a recobrar la alegría por el retorno, subrayando la presencia del espíritu de Dios, que lo ha consagrado y enviado como mensajero. Actuando con la fuerza del Señor, el Profeta Isaías, centra su misión en la Palabra que es “buena noticia” y promesa que libera y consuela. Su misión es auxiliar y confortar a enfermos y abatidos, ayudar a cambiar la pena en gozo y la tristeza en alegría. Anuncio de la Palabra y ayuda a los necesitados definen la misión de Isaías, como la de Jesús en el evangelio. Y esto es motivo de enorme gozo.

 

La nueva condición del pueblo de Dios genera gran esperanza y suscita en el pueblo que retorna a su tierra un canto de júbilo y gratitud por la salvación, y por la alianza que se restablece. Las imágenes son tomadas de una boda, símbolo del acontecimiento alegre, con abundantes signos festivos. Muchas veces aparecen en la Biblia imágenes esponsales para definir la relación del amor entre Dios y su Pueblo. Isaías no es excepción.

 

Por desgracia, nuestra sociedad ha perdido mucho el sentido del amor esponsal. Boda y matrimonio tienen pobres significados y suelen confundirse con simples eventos sociales sin mayor trascendencia, de modo que no se logra percibir el alcance de las bellas imágenes matrimoniales bíblicas. El Profeta Isaías expresa el gozo de su misión y el júbilo por el anuncio del retorno a la tierra con las festivas imágenes de una boda: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de  júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia, como el novio que se pone la corona, como la novia que se adorna con sus joyas” (Is 61, 10).

 

San Pablo también invita a la alegría. A pesar de que en la Primera Carta a los Tesalonicenses exhorta con insistencia a estar preparados para la venida inminente del Señor, viviendo de modo irreprochable, sin embargo no piensa en una espera incierta, triste o angustiosa. Invita más bien a vivir una alegre espera: “Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues es esto lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (1 Tes 5, 16-18). Esta alegría nace de la certeza de que el Señor vendrá y hará participar de su gloria a quienes se mantengan fieles a él e íntegros en la fe, teniendo seguridad de que el Señor siempre cumple su palabra. Es la alegría que genera el experimentar su presencia salvadora ya aquí y ahora, pero que tendrá su plenitud cuando él vuelva glorioso. Nada ni nadie puede arrebatarnos esa alegría.

 

Hay alegrías diversas: las falsas, que tienen su origen en los vicios, placeres y diversiones malsanas, y aquellas nobles y buenas. Pero todas son pasajeras y efímeras. En cambio, la alegría a la que hoy nos invita el Señor es especial. Se ubica en la línea de la salvación y nace de la seguridad de que el Dios amor está presente en la vida de quien cree en Él. Esta alegría no es cómoda, barata superficial ni pasajera. Por el contrario, es permanente e indestructible, a pesar de las adversidades porque su fuente es el amor de Dios, que a su vez exigen esfuerzo, entrega y generosidad e involucra y compromete la propia existencia del creyente.

 

Con la figura del Bautista, el Evangelio de San Juan pone de manifiesto la actitud de quien acepta realmente la salvación de Dios. El Bautista es el hombre fiel y coherente, “enviado por Dios, como testigo de la Luz, para que todos creyeran por medio de él”. Él es el Precursor que anuncia la cercanía del Mesías. Con humildad reconoce que sin ser él la “Palabra”, sí es “la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor”. Juan el Bautista anuncia y prepara la llegada de Aquel de quien no es digno de desatarle las correas de las sandalias, llamando a la conversión, porque ésta es la que suscita el gozo y conduce a la alegría plena que produce la presencia del Señor en la vida del creyente.

 

Por tanto, la genuina alegría acontece cuando la oferta de salvación del Padre en su Hijo Jesús es aceptada, mediante la conversión. Esta presencia salvadora del Señor es la que puede producir aquella alegría plena y duradera, a pesar de las pruebas y dificultades que encontramos en nuestro camino cotidiano. Es“Evangelii gaudium”, el “gozo del Evangelio”, que da sentido pleno a la vida. Al contrario, el rechazo a esa oferta gratuita y gozosa conduce a la tristeza, a la aflicción y al vacío existencial en que sumerge el pecado y lleva a la deriva por la ausencia de Dios.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas: Unidos a toda la Iglesia, seguimos avanzando en nuestro caminar hacia la gran festa de Navidad. Hoy toda la liturgia –en el llamado domingo «Gaudete»– nos invita a prepararnos con la oración y las buenas obras a celebrar con gozo, una vez más, la llegada de Jesús… ¡Alegrémonos todos, pues el Señor está cerca, y pidámosle que, aun en momentos de dificultad y de prueba, Él se haga presente en nuestras vidas! Preparémonos a celebrar gozosos y con espíritu de conversión la venida de Cristo según la carne y su venida final, gocemos desde ahora de su presencia, sobre todo en su Palabra y Eucaristía, de modo que podamos ya experimentar aquella alegría infinita que jamás nadie podrá arrebatarnos. Así sea.

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