top of page

Homilía. Domingo II de pascua

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

7 DE ABRIL DE 2024

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

 

Primera Lectura. Del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35: Tenían un solo corazón y una sola alma.

Salmo Responsorial. Del salmo 117, 2-4. 16ab-18. 22-24: La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Segunda Lectura. De la primera carta del apóstol san Juan 5, 1-6: Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo.

Aclamación antes del Evangelio. Jn 20, 29: Tomás, tú crees, porque me has visto. Dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.

Evangelio. Del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31: Ocho días después, se les apareció Jesús.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

La Resurrección del Señor es para nosotros motivo de grande gozo y nos impulsa a vivir y a testimoniar nuestra fe. Ella es al mismo tiempo signo del poder inmenso de Dios y expresión de su infinita Misericordia.

 

La Palabra de Dios nos presenta el camino de la fe que van recorriendo los que han creído en Jesucristo muerto y resucitado, incluido el apóstol Tomás, un ejemplo elocuente y emblemático de alguien que necesita crecer más en la fe. Ese camino de fe lleva a los apóstoles y a toda la comunidad creyente a dar testimonio de la Resurrección del Señor, a través de milagros y prodigios, pero también por medio su estilo de vida en comunidad y el compartir sus bienes. Estas actitudes proyectan la Misericordia de Dios experimentada en Jesucristo muerto y resucitado.

 

San Juan en el Evangelio (Jn 20, 19-31) nos recuerda algo esencial: la fe y el amor son inseparables, como lo es también el amor a Dios y el amor al prójimo. Por eso dice “Todo aquel que ama a un padre, ama también ama a los hijos de éste”. Así como la fe y el amor forman una especie de binomio indisoluble, así también el amor a Dios no puede ser separado del amor al prójimo. En consecuencia, la fe genuina en Cristo Resucitado lleva a la vivencia del amor en su doble dimensión, a Dios y al hermano. Éste es precisamente el “mandamiento” más grande que Jesús nos dejó: “Que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”.

 

El Evangelio de San Juan nos relata que Jesús se apareció a sus discípulos el día de Pascua. Ellos se encontraban a puerta cerrada por miedo a los judíos. Jesús entró y se puso en medio de ellos. Él no está condicionado por las realidades materiales, como paredes o puertas cerradas. Él entra para darle a los discípulos paz, alegría y el dinamismo de su misión.

 

Las primeras palabras de Jesús Resucitado a sus discípulos son: “La paz sea con ustedes”. Éste es el saludo habitual de los judíos (el shalom), pero en labios del Resucitado alcanza un significado nuevo y pleno. Jesús no sólo trae la auténtica paz, él mismo “es nuestra paz” (Ef 2,14), la presencia de su Padre que bendice y conforta. Los discípulos, en incertidumbre y temor, necesitan experimentar la genuina paz. Jesús no les reprocha, a pesar de que ellos habían huido y lo habían abandonado, uno del grupo, Judas el Iscariote, lo había entregado, Pedro lo había negado. Nada de esto recrimina. Jesús sólo les otorga su paz.

 

Jesús muestra las manos y el costado, sus llagas, por las que “hemos sido sanados” (Is 52,13-53,12). Las manos y el costado son la fuente de paz, porque son las huellas de la gran misericordia de Jesús, los signos de su entrega. Los discípulos se llenan de alegría con la presencia del Resucitado. La Pascua es el tiempo de alegría, por eso cantamos: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

 

Pero también se requiere entrar en un camino de fe. Aprender a creer con la mente y el corazón, sin condiciones. San Juan dice que cuando Jesús se presentó a sus discípulos, Tomás no estaba allí. Sus compañeros le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él no les creyó. La actitud de Tomás, siendo apóstol, parece demasiado grotesca: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creeré”. Estas palabras suenan terribles en sus labios de apóstol. Sin embargo, no son sólo del individuo Tomás. El Evangelio de Juan se escribió casi sesenta años después de los hechos que narra. Para entonces había muchos como Tomás, que querrían haber visto con sus ojos o palpar con sus manos lo que se les trasmite y predica. Tomás encarna a hombres y mujeres de muchos tiempos y lugares, incluidos muchos de nosotros, que necesitamos crecer en la fe. A veces queremos ver y tocar lo que sólo puede ser visto y contemplado con los ojos de la fe y aceptado por el corazón.

 

Ocho días después, Tomás recibe la lección. Cristo Resucitado, después de repetir las palabras de saludo y de paz, se dirige al apóstol que ahora sí se encuentra con sus compañeros. La lección no es menos dura que aquellas desafortunadas palabras. Jesús le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente”. Pero la lección, de nuevo, no es sólo para Tomás, sino para todo “los Tomás” y “las Tomasas” de todos los tiempos, para todos los que quisieran palpar, comprobar, es decir para los que quieren poner la fe en el nivel de lo que puede ser tocado y sometido a comprobaciones físicas, para todos los que necesitamos crecer en la fe.

 

El Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 32-35) expresa cómo la fe en Jesús resucitado no consiste en una teoría o una idea abstracta, sino en adoptar un estilo de vida, personal y comunitario: “La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma”. La comunidad cristina testimonia la Resurrección con “grandes muestras de poder”. Y este testimonio se funda en la forma de vivir y comportarse, especialmente en el compartir con los demás: “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo lo que tenía”.  

 

Aunque quizás San Lucas, el autor de Hechos de los Apóstoles, idealiza a la primera comunidad cristiana, sin embargo, el sumario o resumen de Hechos de los Apóstoles ha sido y seguirán siendo un modelo inspirador para la vida de toda comunidad que crea verdaderamente en Jesucristo muerto y resucitado. Esta forma de vida impacta. Por eso los discípulos “gozaban de estimación entre el pueblo”. No podría pasar inadvertido para los no cristianos este grupo de tan “extraño comportamiento” pues: “Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que cada uno necesitaba”.

 

Veinte siglos después, estamos lejos de esos ideales y principios inspiradores de la primera comunidad creyente en el Resucitado. Necesitamos seguir aprendiendo esa manera de ser y de actuar del modelo de toda comunidad cristiana. Apenas las comunidades religiosas, y a veces con muchos esfuerzos, alcanzan a atisbar tales ideales y principios. Fuera de allí, todo sigue pareciendo tan extraño y ajeno a nuestra vida. Pareciera que no es el modelo para nosotros. Nos hace falta seguir aprendiendo.

 

Queridos hermanos y hermanas: En las revelaciones sobre la Divina Misericordia que le hizo a Santa Faustina Kowalska, Jesús le pidió en varias ocasiones que se dedicara una fiesta a la Divina Misericordia, y que fuera el Domingo siguiente a Pascua. Los textos litúrgicos hoy Domingo II de Pascua, tratan sobre la institución del Sacramento de la Penitencia, el Tribunal de la Divina Misericordia, por lo que ya están en consonancia con el pedido de Nuestro Señor Jesucristo. Esta Fiesta, que ya se había concedido a Polonia y se había celebrado en la Ciudad del Vaticano, fue otorgada a la Iglesia Universal por el Papa San Juan Pablo II en ocasión de la canonización de Sor Faustina Kowalska el 30 de abril del año 2000. En un Decreto con fecha 23 de mayo del 2000, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos declaró que “en todo el mundo, el Segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia, una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”. Respecto a la Fiesta de la Misericordia, Jesús dijo: “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). También dijo: “Quiero que la imagen sea bendecida solemnemente el primer domingo después de Pascua y que se la venere públicamente para que cada alma pueda saber de ella” (Diario, 341). Además afirmó Jesús: “Esta Fiesta ha salido de las entrañas de Mi misericordia y está confirmada en el abismo de Mis gracias” (Diario, 420).

 

Entonces queridos hermanos y queridas hermanas este Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia nos invita a caminar por los senderos de paz y de alegría pascual, pero también nos llama a crecer en la fe, a vivirla, a comprometernos y a testimoniarla, de palabra, pero sobre todo con nuestras acciones, particularmente el compartir lo que somos y tenemos. Todos los que creemos en Jesús Resucitado, nos alimentamos de su Palabra y de su Eucaristía, estamos llamados a testimoniar a Cristo Resucitado y Misericordioso, a fin de llevar al mundo la alegría y la paz, que tanto necesita. Que la intercesión amorosa de Nuestra Señora del Carmen, San José, la de los Apóstoles San Andrés y Santo Tomás y Santa Faustina Kowalska nos permita crecer y madurar en la fe en Jesucristo Resucitado. Así sea.

4 visualizaciones0 comentarios

Comments


bottom of page