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HOMILÍA DE NOCHE BUENA

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

 

MISA DE NOCHEBUENA

9 P.M.

 

HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

DOMINGO 24 DE 2023

 

Primera Lectura. Del Libro del Profeta Isaías 9, 1-3. 5-6: Un hijo nos ha nacido.

Salmo Responsorial. Del salmo 95, l-2a. 2b-3. 11-12a. 13bc: R. Hoy nos ha nacido el Salvador.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a Tito 2, 11-14: La gracia de Dios se ha manifestado a todos los hombres.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Lc 2, 10-11: R. Aleluya, aleluya. Les anuncio una gran alegría: Hoy nos ha nacido el Salvador, que es Cristo, el Señor. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Lucas 2, 1-14: Hoy nos ha nacido el Salvador.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

El Papa Francisco al celebrar hoy 24 de diciembre la Misa de Nochebuena en la Basílica de San Pedro, nos anima a redescubrir la adoración eucarística, al ser el único camino para acoger la encarnación y abrazar la ternura del Niño Dios.

 

El Evangelio de San Lucas nos da a conocer de que el emperador César Augusto ordenó «Un censo en todo el mundo» (Lc 2,1). Este es el contexto en el que nació Jesús y en el que se detiene el Evangelio. Podría haberlo mencionado rápidamente, en cambio habla de ello con precisión. Y así pone de manifiesto un gran contraste: mientras el emperador contabiliza los habitantes del mundo conocido en aquel tiempo, Dios entra en el mundo casi a escondidas; mientras el emperador César Augusto intenta convertirse en uno de los grandes de la historia, el Rey de la historia elige el camino de la pequeñez, de la sencillez y de la pobreza. Ninguno de los poderosos se percata de la presencia del Dios encarnado, sólo algunos pastores, relegados a los márgenes de la vida social.

 

Pero el censo revela aún más. En la Biblia no dejaba un buen recuerdo. El rey David, cediendo a la tentación de los grandes números y a una malsana pretensión de autosuficiencia, había cometido un pecado grave, haciendo precisamente el censo del pueblo. Quería conocer su fuerza y al cabo de un poco más de nueve meses obtuvo el número de los que eran aptos para empuñar la espada (cfr. 2 Sam 24,1-9). Dios, indignado, asoló al pueblo con una desgracia. En cambio, en la noche santa que hoy recordamos, después de nueve meses en el vientre de María nace Jesús, el “Hijo de David”, en Belén, la ciudad de David, y no castiga por el censo, sino que humildemente pasa a formar parte del mismo. No vemos un dios iracundo que castiga, sino al Dios misericordioso que se encarna, que entra débil en el mundo, precedido del anuncio: «en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14). Y nuestro corazón esta noche está en Belén, donde el Príncipe de la Paz sigue siendo rechazado por la lógica perdedora de la guerra, con el rugir de las armas que también hoy le impiden encontrar una posada en el mundo (cfr. Lc 2,7). El censo de toda la tierra, en definitiva, manifiesta, por una parte, la trama demasiado humana que atraviesa la historia: la de un mundo que busca el poder y la fuerza, la fama y la gloria, donde todo se mide con los éxitos y los resultados, con las cifras y los números. Es la obsesión del beneficio. Pero, al mismo tiempo, en el censo se destaca el camino de Jesús, que viene a buscarnos a través de la encarnación. No es el dios del beneficio, sino el Dios de la encarnación. No combate las injusticias desde lo alto con la fuerza, sino desde abajo con el amor; no irrumpe con un poder sin límites, sino que desciende a nuestros límites; no evita nuestras fragilidades, sino que las asume.

 

Esta noche podemos preguntarnos: nosotros, ¿en qué Dios creemos? ¿En el Dios de la encarnación o en el del beneficio? Sí, porque existe el riesgo de vivir la Navidad con una idea pagana de Dios, como si fuera un amo poderoso que está en el cielo; un dios que se alía con el poder, con el éxito mundano y con la idolatría del consumismo. Vuelve siempre la imagen falsa de un dios distante e irritable, que se porta bien con los buenos y se enoja con los malos; de un dios hecho a nuestra imagen, útil solamente para resolvernos los problemas y para quitarnos los males. Él, en cambio, no usa la varita mágica, no es el dios comercial del “todo y ahora mismo”; no nos salva pulsando un botón, sino que se acerca para cambiar la realidad desde dentro. Y, sin embargo, ¡qué arraigada está en nosotros la idea mundana de un dios alejado y controlador, rígido y poderoso, que ayuda a los suyos a imponerse sobre los demás! Pero no es así, Él ha nacido para todos, durante el censo de toda la tierra. Miremos, por tanto, al «Dios vivo y verdadero» (1 Tes 1,9); a Él, que está más allá de todo cálculo humano y, sin embargo, se deja censar por nuestros cómputos; a Él, que revoluciona la historia habitándola; a Él, que nos respeta hasta el punto de permitirnos rechazarlo; a Él, que borra el pecado cargándolo sobre sí, que no quita el dolor, sino que lo transforma; que no elimina los problemas de nuestra vida, sino que da a nuestras vidas una esperanza más grande que los problemas. Desea tanto abrazar nuestra existencia que, siendo infinito, por nosotros se hace finito; siendo grande, se hace pequeño; siendo justo, vive nuestras injusticias. Este es el asombro de la Navidad: no una mezcla de afectos apacibles y de consuelos mundanos, sino la inaudita ternura de Dios que salva el mundo encarnándose. Miremos al Niño, miremos su cuna, contemplemos el pesebre, que los ángeles llaman la «señal» (Lc 2,12). Es, en efecto, el signo que revela el rostro de Dios, que es compasión y misericordia, omnipotente siempre y sólo en el amor.

 

Tenemos que asombrarnos porque Dios «se hizo carne» (Jn 1,14). Carne: palabra que evoca nuestra fragilidad y que el Evangelio utiliza para decirnos que Dios ha entrado plenamente en nuestra condición humana. ¿Por qué llegó a tanto? Porque le interesa todo de nosotros, porque nos ama hasta el punto de considerarnos más valiosos que cualquier otra cosa. Para Dios, que ha cambiado la historia durante el censo, tú no eres un número, sino un rostro; tu nombre está escrito en su corazón. Pero tú, mirando a tu corazón, a tu rendimiento que no es suficiente, al mundo que juzga y no perdona, quizás vivas mal esta Navidad, pensando que no estás a la altura, albergando un sentimiento de fracaso y de insatisfacción por tus fragilidades, por tus caídas y tus problemas. Pero hoy, por favor, deja la iniciativa a Jesús, que te dice: “Por ti me hice carne, por ti me hice como tú”. ¿Por qué permaneces en la prisión de tus tristezas? Como los pastores, que dejaron sus rebaños, deja el recinto de tus melancolías y abraza la ternura del Dios Niño. Sin máscaras y sin corazas encomiéndale a Él tus afanes y Él te sostendrá (cfr. Sal 55,23). Él, que se hizo carne, no espera de ti tus resultados exitosos, sino tu corazón abierto y confiado. Y tú en Él redescubrirás quién eres: un hijo amado de Dios, una hija amada de Dios. Ahora puedes creerlo, porque esta noche el Señor vino a la luz para iluminar tu vida y sus ojos brillan de amor por ti. Sí, Cristo no mira los números, sino los rostros. Pero, entre las tantas cosas y las locas carreras de un mundo siempre ocupado e indiferente, ¿quién lo mira a Él? En Belén, mientras mucha gente, llevada por la euforia del censo, iba y venía, llenaba los albergues y las posadas hablando de todo un poco, sólo algunos estuvieron cerca de Jesús: María y José, los pastores, y luego los Magos de Oriente. Aprendamos de ellos. Permanecen con la mirada fija en Jesús, con el corazón dirigido hacia Él. No hablan, sino adoran.

 

La adoración es el camino para acoger la encarnación. Porque es en el silencio que Jesús, Palabra del Padre, se hace carne en nuestras vidas. Comportémonos también nosotros como en Belén, que significa “casa del pan”. Estemos ante Él, el Pan de Vida. Redescubramos la adoración, porque adorar no es perder el tiempo, sino permitirle a Dios que habite en nuestro tiempo. Es hacer que florezca en nosotros la semilla de la encarnación, es colaborar con la obra del Señor, que como fermento cambia el mundo. Es interceder, reparar, permitirle a Dios que enderece la historia. Un gran narrador de aventuras épicas escribió a su hijo: «Pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento. En él hallarás el romance, la gloria, el honor, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra» (J.R.R. TOLKIEN, Carta 43, marzo 1941). Esta noche el amor cambia la historia.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas: En esta Nochebuena que congrega nuevamente a las familias y los pueblos, suplicamos a Dios que nos conceda paz, esperanza y fraternidad. Celebramos nuevamente el nacimiento del Niño Jesús, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Su llegada renovadora trae consigo la posibilidad cierta de redireccionar nuestros pasos como sociedad hacia metas más justas, solidarias y pacíficas. México enfrenta enormes desafíos que nos duelen y preocupan: la violencia, la corrupción, las desigualdades, la polarización política, el desempleo, tantas familias que no logran salir adelante. Pero no podemos quedarnos en el pesimismo estéril ni en los fatalismos destructivos. Como cristianos, estamos llamados a ver más allá, a encender esa «luz gentil» de la esperanza de la que nos habla el Papa Francisco. Y el fundamento de esa esperanza es precisamente la fe en ese Niño Dios que nace hoy, en quien se inaugura «una nueva y definitiva alianza» que «renueva todas las cosas» (Lumen Gentium 1 y 9). Es Él la prenda viva del amor entrañable de Dios por la humanidad. En Él hallamos la certeza de que la paz, la justicia y la fraternidad que anhelamos son posibles si nos abrimos decididamente a su gracia transformadora. Por ello, en comunión con toda la Iglesia, construyamos la fraternidad y la amistad social que tanto necesita nuestro país.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas les invito a ponerse de pie y digamos al Señor: Haz que creamos, oh Señor, en el poder de tu amor, tan distinto del poder del mundo. Haz que, como María, José, los pastores y los Magos de Oriente, nos reunamos en torno a Ti para adorarte. Que crezcamos en la adoración eucarística. Que haciéndonos Tú más semejantes a Ti podremos testimoniar al mundo la belleza de tu rostro. Así sea.

 

¡Feliz Navidad a todos los hombres y

a todas las mujeres de buena voluntad!

 

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