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HOMILÍA, 17 DE SEPTIEMBRE 2023

Actualizado: 19 sept 2023


DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ


XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

17 de septiembre de 2023


HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. Del libro del Eclesiástico (Sirácide) 27, 33-28, 9: Perdona la ofensa a tu prójimo para obtener tú el perdón.

Salmo responsorial. Del Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12. R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 14, 7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor.

Aclamación antes del Evangelio. Jn 13, 34: R. Aleluya, aleluya. Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. R. Aleluya.

EVANGELIO. Del Santo Evangelio según San Mateo 18, 21-35: Yo te digo que perdones no sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete.





Queridos hermanos y queridas hermanas:


A diario escuchamos y vemos noticias en los medios de comunicación, relacionadas con la violencia, el crimen, la guerra y la inseguridad. Éstas seguirán propagándose mientras sigamos consumiendo expresiones de brutalidad, de las que el ser humano es capaz, incluso de forma premeditada.

El poema del nicaragüense Rubén Darío, “Los motivos del lobo”, escrito en París en octubre de 1913, logró dibujar un cuadro de varias interrogantes, sobre todo al final, cuando la fiera salvaje responde a la pregunta de Francisco, el Santo de Asís, sobre el por qué volvió al mal, después de una estancia pacifica en el convento de Gubbio. En el poema, el “corazón de lis” representa la pureza y bondad de San Francisco de Asís”. El lobo representa la violencia y el mal en contraposición a la bondad de San Francisco de Asís. El lobo, como toda bestia salvaje, ataca cuando tiene hambre o se siente amenazado. En cambio el ser humano es capaz de agredir y dañar por cualquier motivo, y hasta sin él. Asesina por ambición de poder, dominio o dinero. Ésta es la triste realidad humana cuando pierde sus valores, cuando rigen los criterios del materialismo salvaje, cuando “tener” y “poder” son las metas más altas, cuando bajo un falso concepto de libertad se actúa al antojo, cuando los valores dependen de la mayoría muchas veces manipulada y cuando se pierde el mínimo respeto a Dios y al prójimo.


Tales actitudes son caldo de cultivo para muchos males. Proyectan venganzas y cierran el paso al perdón. Se olvida que “violencia engendra violencia” y que la ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”, ha sido superada por las enseñanzas de Jesús sobre el perdón y la reconciliación, las únicas capaces de abatir la espiral de violencia.El corazón humano está tentado por el rencor, el odio y la venganza que nublan la razón, endurecen las entrañas y generan maldad.


El Libro del Sirácide o Eclesiástico, en el S. II., a.C., se refería al rencor y a la ira como cosas abominables, a las que el pecador se aferra. Invita a perdonar las ofensas del prójimo y pregunta, con razón: “Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir salud al Señor? El que no tiene compasión de su semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Sir 28, 3-4). Esto es descaro, falsedad e incongruencia.


Jesús nos enseña el perdón, que es difícil, pero absolutamente necesario ya que posee una enorme fuerza sanadora capaz de trasformar la vida. El perdón y el amor, que incluye a los enemigos son características fundamentales de los discípulos de Jesús. Amar a los que nos aman y nos tratan bien no tiene mayor dificultad ni mérito, pero amar a quien nos ha ofendido, requiere virtud heroica y grandeza de corazón.


Pedro se acerca a Jesús para preguntarle: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?” Y añade, quizás deseando quedar bien: “¿hasta siete veces?” (Mt 18, 21). El siete era símbolo de plenitud. Pero la respuesta de Jesús va más allá: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 22). Esto significa ¡siempre! Y lo ilustra con una impresionante parábola: Un rey ajusta cuentas con sus siervos. Destaca el que le debía una cantidad estratosférica y, por tanto, no tenía con qué pagar. Suplica al rey, quien se compadece y le perdona la deuda. Entonces sucede lo sorprendente: el siervo, apenas perdonado, obliga a un compañero suyo a pagarle una deuda mucho menor. Al recibir la denuncia de esa incoherente forma de actuar, el rey cambia su decisión.


Los contrastes son fuertes: mientras el rey es clemente y compasivo, el siervo deudor es intolerante y déspota; frente a la exagerada cantidad de diez mil talentos, cien denarios resultaban poco; las palabras que piden indulgencia son exactamente las mismas en ambos casos, pero mientras que las del primero encuentran respuesta favorable, las del segundo no son escuchadas. En tiempos de Jesús un talento equivalía a casi 35 kgs. de plata. Diez mil talentos eran una suma exorbitante, en contraste con los cien denarios (cada uno correspondía al jornal de un día).


La parábola funciona como una conclusión de todas las instrucciones que Jesús da a los discípulos acerca de la vida comunitaria, en Mt 18. El perdón es actitud esencial e imprescindible del genuino discípulo. “Setenta veces siete”, entra en la dinámica del camino de “perfección” al que está llamado el discípulo, como el Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos. El perdón otorgado de corazón puede restablecer y reconstruir la comunidad dañada por la ira, el rencor y la venganza.


El perdón es un don que procede del Padre rico en misericordia. Quien se siente amado y perdonado por el “Dios compasivo y misericordioso, como dice el Salmo 102, es capaz a su vez de amar y perdonar a su prójimo, lo que significa tratar como Dios lo trata y aprender a perdonar las ofensas, sabiendo que el perdón que brindamos nunca se podrá equiparar al que Dios nos otorga.


Queridos hermanos y queridas hermanas: Cuando rezamos el Padre Nuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. El perdón que recibimos de Dios y el que damos a los hermanos, guardan siempre reciprocidad, pero nunca proporcionalidad, pues la misericordia de Dios es infinita, la misericordia de Dios no tiene límites.La experiencia del amor de Dios vence los deseos de venganza y conducea construir un nuevo mundo donde reine la reconciliación y la paz. Si de verdad“vivimos o morimos para el Señor” (Rom 14, 8), como dice San Pablo, necesitamos aprender a perdonar. Que la Palabra y Eucaristía de Jesús nos fortalezcan y nos alimenten para que podamos romper las barreras de odios y rencores que construimos para protegernos, pero que acaban ahogándonos y sofocando nuestro espíritu. Por eso hoy le decimos con mucha fuerza: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Así sea.

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