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HOMILÍA 14 DE ENERO

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S.I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

14 DE ENERO DE 2024

 

HOMILÍA

+ MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

 

Primera Lectura. Del Primer Libro de Samuel 3, 3b-10. 19: Habla, Señor, tu siervo te escucha.

Salmo Responsorial. Del Salmo 39, 2abc. 4ab. 7-8a. 8b-9. 10cd. 11cd: R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Segunda Lectura. De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 6, 13c-15a. 17-20 : Los cuerpos de ustedes son miembros de Cristo.

Aclamación antes del Evangelio. Jn 1, 41. 17: R. Aleluya, aleluya. Hemos encontrado a Cristo, el Mesías. La gracia y la verdad nos han llegado por él. R. Aleluya

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Juan 1, 35-42: Vieron dónde vivía y se quedaron con él.

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

Una vez terminado el Tiempo de Navidad, volvemos –desde hoy y hasta el principio de la Cuaresma– a vivir la primera parte de los Domingos del Tiempo Ordinario. La liturgia nos recuerda que la vida cristiana es un camino de seguimiento decidido y realista tras las huellas de Jesús. Nuestro Divino Maestro nos invita a todos a ser sus discípulos y a colaborar con Él en el gozoso anuncio del Reino de Dios.

 

La Palabra de Dios en este Domingo II del TO hace referencia a una capacidad humana que el Señor nos ha otorgado y nos personaliza: “el encuentro”. En efecto, fuimos creados para la apertura y relación hacia nuestro Creador y hacia nuestros semejantes. Pero el “encuentro” no significa sólo “co-habitar” en cierto espacio, sino sobre todo es “con-vivir”, es decir, compartir la vida.

 

Hay de encuentros a encuentros. Por desgracia haycasos donde los seres humanos “se encuentran” negativamente pues “se encuentran” para enfrentarse, atacar y subyugar, para destruir, agredir y asesinar.Son encuentros de violencia y muerte, que deshumanizan y generan tristeza y desolación. Por fortuna, sin embargo, existen los encuentros positivos y buenos que transforman, enaltecen y generan vida, como los ejemplos que hoy encontramos en la Palabra de Dios.

 

La Primera Lectura (1 Samuel 3, 3b-10. 19) narra el encuentro de Samuel con Elí y por medio de éste, con Dios, quien lo elige para una misión. El Evangelio de San Juan, por su parte, refiere el primer encuentro de dos discípulos de Juan el Bautista con Jesús. Estos pasajes presentan ejemplos elocuentes de aquellos encuentros capaces de transformar y dar un sentido a la vida.

 

La historia de Samuel es sugestiva. El libro que lleva su nombre refiere que en aquellos tiempos no era frecuente la Palabra de Dios y, todavía más, que aquel jovencito era aún incapaz de reconocerla. En otras palabras, la posibilidad de encontrar a Dios estaba prácticamente cerrada. El escenario es triste, sobre todo porque ocurre en el santuario de Siló, un lugar que debiera propiciar el “encuentro” con el Señor. Pero Jofní y Pinjás, los hijos del sacerdote Elí se habían apartado de Dios y manipulaban la religión en beneficio propio. El pueblo sufría. El Señor habla susurrando en medio de la noche, aunque el pequeño Samuel todavía no era capaz de reconocerlo. La cerrazón a su Palabra hace parecer como si Dios no hablara. Sin embargo es la falta de disposición la que impide la escucha de la Palabra divina.

 

Samuel se hallaba en el santuario de Siló, donde su madre Ana desde pequeño lo había confiado al sacerdote Elí. Una noche Samuel oye una voz que lo llama por su nombre: “¡Samuel, Samuel!” Éste pensó que Elí lo llamaba, sin embargo era el mismo Dios que lo llamaba. En la narración, llena de colorido, destaca la disponibilidad del joven Samuel para responder. Esta actitud es precisamente la que abre paso al genuino encuentro, no sólo con el sacerdote Elí, sino con Dios mismo.

 

Samuel, cuando supo que era Dios quien lo llamaba, aconsejado por Elí, responde, con firmeza: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. Esta respuesta expresa su disposición, la actitud esencial que abre paso al encuentro genuino con los demás y con Dios mismo. Estos encuentros son los que vivifican, transforman y cambian la vida.

 

El evangelista San Juan (Jn 1, 35-42) refiere otro encuentro, el de Jesús con sus primeros dos discípulos. No es una narración anecdótica, sino el relato de un encuentro que transforma, reorienta y da sentido a la vida. Aquellos hombres que escucharon el testimonio de Juan, al referirse a Jesús como el “Cordero de Dios”, desearon seguirlo y convertirse en sus discípulos. Esto les implicará un cambio radical en su propia existencia.

 

Al verlos, Jesús les pregunta qué buscan. Ellos le responden a su vez con otra pregunta: “¿dónde vives?”. Pero no se trata sólo de una simple solicitud de información. Más bien quieren saber dónde pueden encontrarlo y estar con él. Jesús les responde: “Vengan y lo verán”. Estos hombres desean estar con él y formar parte de su comunidad. Jesús se abre al encuentro, los acoge e invita a “con-vivir” (“vivir-con”) él. Este encuentro en su más plena comprensión se llama “comunión”.

 

Estar con Jesús da sentido nuevo a la existencia, reorienta la vida y hace descubrir la propia misión. A Simón, este encuentro le llevó al cambio de nombre y, por tanto, de misión. De “Simón”, “el que ha escuchado a Dios” pasa a ser “Kefás”, es decir, “piedra”, “firme como una roca”, “fundamento o cimiento”. El encuentro lo transforma total y absolutamente.

 

Jesús nos invita a encontrarnos con él. Desea que le preguntemos “¿dónde vives?” Él nos dirá: “vengan a ver”. Estaremos con él para escucharlo,  “con-vivir” o ser parte de su familia. Él entonces hará de nosotros un templo, para que todo en nosotros tenga sentido sagrado. Pero necesitamos apertura y disposición para abrirnos a él y los demás hermanos.

 

El encuentro genuino con Cristo nos convierte en santuarios de Dios y nos lleva a respetar a los demás como templos del Espíritu Santo, como recuerda San Pablo (1 Cor 6, 13c-15a. 17-20) en la Segunda Lectura. La manipulación y comercialización del cuerpo humano, en cualquiera de sus formas (prostitución, pornografía y todo tipo de fornicación) contradicen el valor sagrado que Dios ha creado en nosotros. Nos dice el Apóstol: “¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y que habita en ustedes?”.  Y concluye: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a precio muy caro”. Jesús ha ofrendado su vida y derramado su Sangre por nosotros que somos miembros de su Cuerpo.

 

El Señor Jesús nos sigue invitando a encontrarnos con Él y con los demás, a formar su comunidad y su familiaque es la Iglesia, para que seamos ese templo donde habite su Espíritu. Ese encuentro acontece desde luego en la oración, en la escucha de la Palabra, en la Eucaristía y en los demás sacramentos, pero también en la cercanía con cada hermano, sobre todo el más necesitado. Este encuentro reorienta y otorga sentido pleno a nuestra existencia. Pidamos a Dios, por intercesión de Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol, aceptar seguir a Jesús fielmente con todas sus consecuencias. Así sea.

 

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