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HOMILÍA

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA

S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

8 octubre de 2023




HOMILÍA

+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Primera Lectura. Del Libro del Profeta Isaías 5, 1-7: La viña del Señor es la casa de Israel.

Salmo Responsorial. Del Salmo 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20: R. La viña del Señor es la casa de Israel.

Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 6-9: Obren bien y el Dios de la paz estará con ustedes.

Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Jn 15, 16: R. Aleluya, aleluya. Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R. Aleluya.

Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 21, 33-43: Arrendará el viñedo a otros viñadores.


Hoy Domingo XXVII del TO tanto el Profeta Isaías, como el Evangelio de San Mateo vuelven a presentarnos imágenes relacionadas con un cultivo muy emblemático en la cultura mediterránea, por tanto en el mundo de la Biblia, el de la vid. La imagen de hoy se asocia al amor de Dios, que se encarna en los diversos momentos de la existencia humana, como el del trabajo. El canto a la viña refleja la vida del mundo agrícola. Se canta siempre, al iniciar labores y al final de la jornada. Las coplas mezclan las alegrías y el cansancio de los arduos esfuerzos cotidianos. Pero también, el campo y la viña inspiran sentimientos humanos profundos. En el poema campirano del Profeta Isaías (Is 5, 1-7) a la viña se puede descubrir a un enamorado que usa el lenguaje campesino para expresar amor esponsal. Así, esta imagen llega a ilustrar en aquella historia el gran amor de Dios por el pueblo que él eligió, pero que también lo rechazó.


La exquisita y emotiva imagen de Isaías contrasta con la otra, más dura, grave y terrible, que tiene lugar en la “parábola de los viñadores homicidas” (Mt 21, 33-43). Un amor que, sin importar las infidelidades, se ofrece una y otra vez, buscando renovar el amor inicial, se encuentra con el rechazo y una violencia creciente, hasta desembocar en la barbarie del crimen del hijo y único heredero. Tanta violencia podría parecer exagerada, y de hecho lo es. Por una viña se golpea, se apedrea y se termina asesinando. Suena triste. Es la historia de un Israel obstinado que rechaza una y otra vez a su Dios, pero es también la historia de la humanidad de violencia que tiñe de sangre la tierra y destruye la creación.


Esa es también nuestra propia historia. El rechazo a Dios y a su propuesta de salvación está en la base de la espiral de violencia que se genera en nuestro derredor. Se asesina por dinero o por ambición de poder, se secuestra y destruye en actitud obstinada. Y lo peor es que parece normal. Todo eso sucede cuando rechazamos a Dios y perdemos la dimensión de la vida que Él nos ofrece y merecemos el mismo reclamo: “Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos (Is 5, 7). La tierra se llena de luto y llanto por tantos crímenes perpetrados por manos sanguinarias, sedientas de poder y riqueza. Muchas víctimas, silenciosas e impotentes, permanecen en el anonimato y en el olvido.


El Profeta Isaías nos muestra un poema del amor maravilloso de Dios por nosotros. Él es el viñador y su pueblo la viña a la que canta las coplas de su amor, el enamorado que espera la respuesta de quien ama. Todo nos habla de él. Si estamos atentos, todo nos contará y cantará bellas historias de amor. La creación, las flores, el sol, la lluvia nos traen, como a San Francisco de Asís, un mensaje muy claro del Dios que nos ama. Este amor que Dios tiene a su viña nos lanza a la respuesta de cuidar y responsabilizarnos de la comunidad y del mundo que habitamos, nuestra “casa común”.



El Papa Francisco, en su nueva Exhortación Apostólica, “Laudate Deum”, #Alaben a Dios” (4 octubre 2023), nos enseña: “Las creaturas de este mundo ya no se presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud” (n. 65). Dios nos pide respuesta de amor, al suyo que llegó hasta el extremo.


La parábola de “los viñadores homicidas”, por su parte, también nos pide respuesta. En primer lugar a los destinatarios: “los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo” (cfr. Mt 21, 23-24). Aunque todo el pueblo es responsable de la viña, sus jefes y representantes son los primeros. La semana pasada, Jesús nos dijo que no basta con hablar, sino que hay que cumplir la voluntad del Padre; hoy acusa al pueblo y sobre todo a sus dirigentes por “no entregar frutos a su tiempo” (cfr. Mt 21, 43).


Por otro lado, tampoco podemos quedar en indiferencia, pasividad o temor cuando está en juego la vida física y espiritual. Cada uno debe asumir con dignidad y valentía su propia responsabilidad, pues está en riesgo la viña amada de Dios, por la cual entregó a su Hijo.


Pero lo más relevante es el final de la parábola: la muerte del Hijo, el reconocimiento de la piedra angular y el juicio a las autoridades. Todo eso nos lleva a una toma de conciencia frente al proyecto del Padre Celestial. Nos invita a creer en el Evangelio y a construir una viña donde no haya llanto, gritos de dolor o de miseria, donde se cosechen frutos de justicia, paz y reconciliación, donde seamos “todos hermanos”, como escribe el Papa Francisco en su Carta Encíclica “Fratelli tutti” (3 octubre 2020). La parábola no está lejos de nuestra realidad fratricida, bañada de sangre.



Por último, la parábola de “los viñadores homicidas”, así como fue una muy fuerte llamada de atención para el pueblo hebreo, lo es también para nosotros también. Israel, bajo el supuesto de una aparente seguridad, se confió en sus prerrogativas, se obstinó ante el proyecto salvador de Dios y terminó en el rechazó.


Queridos hermanos y queridas hermanas: Gracias que Dios no se cansa de darnos las oportunidades que necesitemos para reaccionar y convertirnos. En el Salmo Responsorial le pedimos a Dios que siga siendo así con nosotros: “Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste” (Salmo 79, 15-16). Y Dios se acerca a nosotros con amor y misericordia, y sigue repitiendo el gesto de entregarnos a su Hijo cada vez que venimos a la Eucaristía. Él es la Piedra Angular de nuestra vida. Porque no es lo mismo acoger a Dios que rechazarlo. No se vive igual escuchando el Evangelio o haciendo ver que no me dice nada. No se actúa igual desde el amor que excluyéndolo de nuestro modo de actuar. Nosotros también necesitamos estar atentos para no tropezar con la misma piedra e incurrir en ese mismo error. Que la Eucaristía no sea para nosotros “un rezo más”, sino una llamada al compromiso con el mundo que nos rodea y con las personas que hay en él, con la gran familia de los hijos e hijas de Dios y con la “casa común”, de la que todos estamos llamados a ser responsables y buenos administradores. Contamos con la fuerza de la Palabra y de la Eucaristía. Así sea.

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