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DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR12 DE MAYO DE 2024

DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS APÓSTOL

S.I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL

SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

 

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

12 DE MAYO DE 2024

58ª. JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES: «INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y SABIDURÍA DEL CORAZÓN PARA UNA COMUNICACIÓN PLENAMENTE HUMANA»

 

HOMILÍA

+MONS JOSÉ LUIS CANTO SOSA


Queridos hermanos y queridas hermanas:

 

En la recta final de la Pascua, celebramos jubilosos el triunfo de Jesucristo, a quien el Padre resucitó glorioso y entronizó a su diestra con gran poder. La Fiesta de la Ascensión, al mismo tiempo que pone de relieve el carácter glorioso y la participación definitiva de Jesús en el reino eterno de su Padre, nos indica que también nuestra vida cristiana tiene que ser un continuo e incesante “ascenso”, hasta que lleguemos a participar con toda plenitud del triunfo glorioso de nuestro Salvador.

 

El verbo “ascender” posee, ya en sí mismo, connotaciones positivas, puesto que entra en la dinámica natural del crecimiento. En el lenguaje cotidiano, “ascender” es sinónimo de “mejorar”; significa lograr resultados, alcanzar metas y recibir honores. Desde la antigüedad, al vencedor de una competencia se le ponía en un lugar elevado para recibir honores. Los tronos de los reyes se colocaban en lo alto, para ser honrados.

 



“El Señor reina desde el cielo”, “nuestro Dios gobierna desde lo alto”, “¡gloria a Dios en las alturas”!... son expresiones bíblicas que expresan reconocimiento al Señor. De aquí la concepción del “cielo” como un sitio en lo más alto del firmamento, a pesar de que, siendo omnipresente, Dios no puede ser contenido en algún lugar del mundo creado. Sin embargo, desde las antiguas tradiciones hebreas se dice que para participar de la felicidad eterna es preciso “subir” hasta Dios. La ascensión de Henoc (Gn 5,24) y Elías (2 Re 2,1-12) expresan el reconocimiento y la participación especial en la gloria de Dios, por encima de todo cuanto existe.

 

Ese es el sentido con el que la fe cristiana celebra la Ascensión de Jesús. No se trata de un simple recuerdo romántico, que incluso podría rayar en mitológico. Es una forma clara y enfática de expresar la predilección del Padre hacia su Hijo, que se ofreció para salvarnos y resucitó glorioso, a quien honra y glorifica para siempre. Nosotros, como sucedió con la Virgen María en su Asunción, esperamos participar de esa plena glorificación.

 

Tanto el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 1-11), como el Evangelio de San Marcos (Mc 16, 15-20), presentan la Ascensión del Señor unida a su mandato misionero. El primero subraya la espera en Jerusalén de la “Promesa”, para que, una vez cumplida ésta, desde allí sean testigos hasta los últimos rincones de la tierra; después narra la Ascensión con imágenes y signos bíblicos para expresar la última Epifanía de Jesús. San Marcos, por su parte, antes de mencionar la subida al cielo, también refiere el envío del Resucitado a sus discípulos: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda creatura”.

 

La Ascensión de Jesús no es abandono ni despedida que dejarían dolor y nostalgia. Las señales que los discípulos van a realizar, la comunidad que inician después de la partida del Maestro y su anuncio gozoso son expresiones de algo nuevo. El Señor no se marcha a una zona lejana del cosmos, sino se queda en permanente cercanía a los discípulos, que lo experimentan ahora con tal fuerza, que les produce una alegría duradera y los impulsa a realizar señales nuevas y prodigiosas. La Ascensión de Jesús inaugura una nueva forma de estar con los suyos, un nuevo modo de su presencia vinculada a la acción misionera, evangelizadora y testimonial.

 



Al ascender, Jesús entra en la comunión de vida y poder con el Padre Omnipresente. Ningún lugar puede limitar ya su presencia. Más bien, con su poder que supera todo espacio, está al lado de todos, y todos lo pueden invocar sin dependencia geográfica, a lo largo de la historia. Jesús es el siempre “presente” y “actuante” en medio de nosotros.

 

La Ascensión de Jesús nos abre nuevos horizontes. Su gloria nos hace superar cansancios y desilusiones, porque nuestras débiles y caducas fuerzas son sostenidas por la fuerza poderosa del amor de quien nos envía. Jesús nos invita a “ascender” con él, a crecer, a recuperar el horizonte y la esperanza de una vida y de un mundo mejor, pero que es preciso construir a base de entrega y decisión. Sin temor alguno, podremos correr cualquier riesgo, “atrapar serpientes con las manos y beber venenos mortales”, es decir enfrentar peligros, amenazas, calumnias, rechazos, porque con su nueva presencia podremos ser signos de verdad y salvación. No podemos quedarnos mirando al Cielo, como los galileos interpelados por aquellos hombres vestidos de blanco. Jesús quiere enviarnos a continuar su misión de proclamar la Buena Nueva, con signos que expresan su caridad y siembran esperanza en este mundo tan necesitado de verdadero sentido de la vida, con signos de vida y genuina fraternidad. Nuestra tarea de discípulos no es quedarnos mirando al cielo, sino testimoniar a Cristo hasta los confines de la tierra.

 

El Documento de Aparecida (2007) y el Papa Francisco, en Evangelii gaudium (2013), nos recuerdan que todos los bautizados somos discípulos y misioneros de Cristo, para construir su Reino. No podemos quedarnos mirando al cielo. Sería erróneo permanecer inermes, sumergidos en la pasividad y en la resignación, con actitud fatalista, en medio de una sociedad que pierde la ruta y camina a traspiés, hacia su propia destrucción. Necesitamos testificar que no estamos en orfandad o en abandono, porque, a pesar de las dificultades, el Resucitado está siempre presente entre nosotros.


Queridos hermanos y queridas hermanas: mientras nos preparamos al Jubileo del Año 2025 con el Año de la Oración, elevemos nuestro corazón a Cristo, para convertirnos en cantores de esperanza en una civilización marcada por un exceso de desesperación. Con los gestos, con las palabras, con nuestras decisiones cotidianas, con la paciencia de sembrar un poco de belleza y de amabilidad en donde quiera que estemos, queremos cantar la esperanza, para que su melodía haga vibrar las cuerdas de la humanidad, haga presente en los corazones la alegría y despierte la valentía de abrazar la vida.  En efecto, nos hace falta la esperanza. Todos la necesitamos. Y la esperanza no defrauda, no lo olvidemos. La necesita la sociedad en la que vivimos, a menudo inmersa sólo en el presente e incapaz de mirar hacia el futuro; la necesita nuestra época, que a veces se arrastra cansadamente entre la monotonía del individualismo y del “irla pasando”; la necesita la creación, gravemente herida y desfigurada por el egoísmo humano; la necesitan los pueblos y las naciones que afrontan el mañana cargados de preocupaciones y temores, mientras las injusticias se prolongan con arrogancia, los pobres son descartados, las guerras siembran la muerte, los últimos siguen estando al final de la lista y el sueño de un mundo fraterno corre el riesgo de aparecer como un espejismo. La necesitan los jóvenes, que frecuentemente se sienten desorientados pero deseosos de vivir en plenitud; la necesitan los ancianos, a quienes la cultura de la eficiencia y del descarte ya no sabe respetar ni escuchar; la necesitan los enfermos y todos aquellos que están heridos en el cuerpo y en el espíritu, que pueden encontrar alivio con nuestra cercanía y nuestros cuidados. Y, además, queridos hermanos y hermanas, la Iglesia necesita esperanza, para que, incluso cuando experimente el peso de la fatiga y de la fragilidad, no olvide nunca que es la Esposa de Cristo, amada con amor eterno y fiel, llamada a custodiar la luz del Evangelio, enviada para llevar a todos el fuego que Jesús trajo y encendió en el mundo de una vez para siempre

 

Cada uno de nosotros necesita esperanza; la necesitan nuestras vidas a veces cansadas y heridas, nuestros corazones sedientos de verdad, bondad y belleza, nuestros sueños que ninguna oscuridad puede apagar. Todo, dentro y fuera de nosotros, anhela esperanza y busca, aun sin saberlo, la cercanía de Dios. Nos parece ―decía Romano Guardini― que el nuestro es el tiempo del alejamiento de Dios, en el que el mundo se llena de cosas y la Palabra del Señor mengua; sin embargo, afirma que «cuando llegue el momento —y llegará, tras el paso de las tinieblas— y el ser humano pregunte a Dios: “Señor, ¿dónde estabas entonces?”, Él responderá: “¡Más cerca de ti que nunca!”. Tal vez Dios esté más cerca de nuestros gélidos tiempos de lo que lo estuvo en el Barroco, con el esplendor de sus iglesias, o en la Edad Media, con la plenitud de sus símbolos, o en el cristianismo primitivo, con su joven valor ante la muerte []. Pero Él espera [] que permanezcamos fieles a Él a través de la distancia. De ella podría surgir una fe no menos válida, de hecho, más pura quizá, más robusta en todo caso, que en los tiempos de la riqueza interior» (R. Guardini, Aceptarse a uno mismo, Madrid 2023, 67) (cfr. Homilía del Santo Padre Francisco, Solemnidad de la Ascensión del Señor, II Vísperas, Basílica de San Pedro, jueves 9 de mayo de 2024).

 

Queridos hermanos y queridas hermanas: La victoria de Jesús es nuestra victoria, pero es preciso continuar su misión de sembrar las semillas del Reino en nuestro mundo. Con la fuerza de la Palabra y de la Eucaristía, vivamos en dinámica de ascensión constante y así podamos llegar a la plenitud de la gloria que mereció nuestro Salvador. Que, por intercesión de Nuestra Señora del Carmen, San José y San Andrés Apóstol que el Señor resucitado y ascendido al Cielo nos dé la gracia de redescubrir la esperanza, de anunciar la esperanza y de construir la esperanza. Que así sea.



+ Mons. José Luis Canto Sosa

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