PRESBITERIO DE SAN ANDRES TUXTLA SE CONSAGRA LA VIRGEN DEL CARMEN.


En días pasados, el presbiterio de la Diócesis de San Andrés Tuxtla, se reunió en pleno, para celebrar los ejercicios espirituales que se llevan a cabo cada año.


En esta ocasión la reflexión fue profunda, fue necesaria la ayuda del Pbro. Juan Vega

Quién nos ayudó a hacer una introspección cómo personas, ¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿A dónde voy?



Luego nos ha ayuda a revisar nuestro ministerio, la espiritualidad de la Sinodalidad, la fraternidad sacerdotal, y al finalizar los ejercicios espirituales, nos ha ayudado a tomar decisiones concretas en nuestra vida y en nuestro ministerio.

Ante los acontecimientos que estamos viviendo como iglesia, nos ha exhortado, el Pbro. Juan Vega, a tomar conciencia y decidirnos por una vida y un ministerio pleno.


De ahí que se tomara la decisión, en este contexto de consagrar al presbiterio a la Virgen María, tomando como modelo de dicha consagración la oración que hiciera el Papa Benedicto XVI que a continuación transcribimos.


ACTO DE CONSAGRACIÓN DE LOS SACERDOTES AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA.

ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI



Madre Inmaculada, en este lugar de gracia,

convocados por el amor de tu Hijo

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,

nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,

nos consagramos a tu Corazón materno,

para cumplir fielmente la voluntad del Padre.


Somos conscientes de que, sin Jesús,

no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5) y de que,

sólo por Él, con Él y en Él,

seremos instrumentos de

salvación para el mundo.


Esposa del Espíritu Santo,

alcánzanos el don inestimable de la

transformación en Cristo,

por la misma potencia del Espíritu que,

extendiendo su sombra sobre Ti,

te hizo Madre del Salvador.

Ayúdanos para que Cristo,

tu Hijo, nazca también en nosotros.

Y, de este modo, la Iglesia pueda ser

renovada por santos sacerdotes,

transfigurados por la gracia de

Aquel que hace nuevas todas las cosas.


Madre de Misericordia,

ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado

a ser como Él:

Luz del mundo y sal de la tierra

(cfr. Mt 5,13-14).


Ayúdanos,

con tu poderosa intercesión,

a no desmerecer esta vocación sublime,

a no ceder a nuestros egoísmos,

ni a las lisonjas del mundo,

ni a las tentaciones del Maligno.


Presérvanos con tu pureza,

custódianos con tu humildad

y rodéanos con tu amor maternal,

que se refleja en tantas almas

consagradas a ti

y que son para nosotros

auténticas madres espirituales.


Madre de la Iglesia,

nosotros, sacerdotes,

queremos ser pastores

que no se apacientan a sí mismos,

sino que se entregan a Dios por los hermanos,

encontrando la felicidad en esto.

queremos cada día repetir humildemente

no sólo de palabra sino con la vida,

nuestro “aquí estoy”.


Guiados por ti,

queremos ser Apóstoles

de la Divina Misericordia,

llenos de gozo por poder celebrar diariamente

el Santo Sacrificio del Altar

y ofrecer a todos los que nos lo pidan

el sacramento de la Reconciliación.


Abogada y Mediadora de la gracia,

Tú que estás unida

a la única mediación universal de Cristo,

Pide a Dios, para nosotros,

un corazón completamente renovado,

que ame a Dios con todas sus fuerzas

y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.


Repite al Señor

Esa eficaz palabra tuya: “no les queda vino” (Jn 2,3),

para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros,

como una nueva efusión,

el Espíritu Santo.


Lleno de admiración y de gratitud

por tu presencia continua entre nosotros,

en nombre de todos los sacerdotes,

también yo quiero exclamar:

“¿quién soy yo para que me visite

la Madre de mi Señor? (Lc 1,43)


Madre nuestra desde siempre,

no te canses de “visitarnos”,

consolarnos, sostenernos.

Ven en nuestra ayuda

y líbranos de todos los peligros

que nos acechan.

con este acto de ofrecimiento y consagración,

queremos acogerte de un modo

más profundo y radical,

para siempre y totalmente,

en nuestra existencia humana y sacerdotal.


Que tu presencia haga reverdecer el desierto

de nuestras soledades y brillar el sol

en nuestras tinieblas,

haga que torne la calma después de la tempestad,

para que todo hombre vea la salvación

del Señor,

que tiene el nombre y el rostro de Jesús,

reflejado en nuestros corazones,

unidos para siempre al tuyo.


Así sea.


Miércoles 12 de mayo de 2010.

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